Macromanzanas, una propuesta urbana que apunta a mejorar la calidad de vida

Universidad de Flores - Facultad de Planeamiento

April 08, 2019 | 10 ′ 39 ′′


Macromanzanas, una propuesta urbana que apunta a mejorar la calidad de vida


Un equipo de investigadores desarrolla un modelo de agrupamiento de manzanas en dos barrios porteños. El objetivo es organizar un sistema de servicios urbanos que integre las demandas de la zona y un manejo sustentable de gestión de los recursos naturales.

El rediseño del tejido urbano en las grandes ciudades y la eficiente utilización de su espacio público son preocupaciones que, de un tiempo a esta parte, figuran en la agenda de todo gobernante. En Buenos Aires, a iniciativas como el Metrobús y la red de ciclovías, que tienen como fin optimizar la movilidad de sus habitantes, se sumó la peatonalización de varias calles del Microcentro, proceso que contó con el asesoramiento de Salvador Rueda, director de la Agencia de Ecología Urbana de Barcelona. A esta experiencia, que contempla un agrupamiento de las manzanas en pos de organizar un sistema de servicios que integre las demandas urbanas de la zona y una gestión sustentable de los recursos naturales, se la denomina “supermanzanas” o “macromanzanas”.

Con la intención de aplicar aquella metodología en otras zonas de la Ciudad, un equipo de arquitectos e ingenieros ambientales de la Universidad de Flores trabaja en desarrollar propuestas de macromanzanas para los barrios de Belgrano y Boedo. El objetivo será mejorar la calidad de vida de quienes allí residan e incrementar el espacio público urbano. El estudio se enmarca dentro de las disposiciones del Código de Planeamiento Urbano aprobado en diciembre de 2018, que tiene un capítulo dedicado a las Unidades de Sustentabilidad Básica (USB). Dicho de otro modo, las macromanzanas.

“Una macromanzana es una unidad de gestión y diseño, que tiene como objetivo optimizar la eficiencia de los procesos urbanos, como el tránsito del transporte, la gestión de los residuos o la gestión de los usos energéticos e hídricos. Por ejemplo, qué sería más eficiente para que una persona no tenga que utilizar el auto al ir a comprar pan o para que el agua no tenga que ir por un caño a un río a veinte kilómetros y se pueda reutilizar”, explica la arquitecta Fedora Mora, directora del proyecto e integrante del Laboratorio Bio-Ambiental de Diseño de UFLO, área a cargo de la investigación. Participan, además, los arquitectos Sebastián Miguel –director del laboratorio y codirector de la investigación– y Emiliano Fernández y las ingenieras Ana Faggi y Analía Figueira, con el aporte de los estudiantes Dulce Grosso, Juan Cruz y Federico Muñoz.

Este agrupamiento de manzanas no tiene una extensión definida sino que se establece en función de las necesidades que presente la zona. Si se agrupan por morfología, se deben tener en cuenta sus alturas para, por ejemplo, gestionar su asoleamiento: en qué sentido o en qué superficie colocar paneles solares. “Y esto tendrá que venir acompañado con una normativa que indique que las manzanas que están alrededor no podrán superar determinada altura para que a las otras no les quite el sol”, agrega Mora.

“La primera medida que se toma a la hora de conformar una macromanzana es organizar el tránsito. Si ponemos el ejemplo de cuatro manzanas que conforman una macromanzana, el transporte público debería circular por sus bordes y las calles internas pasan a tener otro rol.”, señala la especialista, y cita el caso del Microcentro: “Antes de la peatonalización, si caminabas por una vereda de un metro de ancho el colectivo pasaba prácticamente al lado tuyo. Esas calles seguramente ya tenían vocación peatonal. La vocación de una calle a veces no es fácil de identificar, se requiere contar con datos duros como cuántas personas o qué transporte pasa por ahí, pero también ver por qué un kiosco vende poco, por ejemplo, o si pusieron un café y la gente va ahí exclusivamente a tomar algo. El objetivo de las macromanzanas es, entonces, leer lo que pasa para optimizar procesos que pueden ser positivos urbanamente e ir desestimando lo que afecte la vocación de esa calle”.

Belgrano y Boedo, dos realidades

El equipo de investigadores concentró sus tareas en dos barrios descentralizados, cada uno con sus propias características. La primera etapa tuvo lugar en el Bajo Belgrano, zona comprendida entre las avenidas Libertador y Monroe y las calles Miñones y La Pampa, y contó con el aval de la Gerencia Operativa Supervisión de Interpretación Urbana del Ministerio de Desarrollo Urbano de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Una vez relevada la zona, se propuso un eje verde con una intervención paisajística que conectara una serie de parques y ciclovías. Y dado que abundan los colegios, otra sugerencia fue que los edificios nuevos se retraigan para propiciar más actividades en el nivel cero.

“Una vez agrupadas estas manzanas y organizado el tránsito –sostiene Mora–, en esas calles donde pasarán sólo los autos de las personas que viven ahí, se pueden ampliar veredas y generar más espacios verdes. Uno de los grandes problemas urbanos de nuestra ciudad es la impermeabilidad de las superficies: vos caminás y en todas partes hay cemento, asfalto, y eso es gravísimo porque contribuye con la isla de calor, e inhibe los procesos hídricos de una zona como la nuestra donde hay acuíferos. Entonces, si se tiene la posibilidad de gestionar superficies mayores, quizás no se logre toda la permeabilidad pero se pueden colocar ecobloques o canteros que dejan que salga verde alrededor y se puede caminar o llevar un cochecito de bebé con cierta comodidad. No es una superficie 100% permeable, pero se mejora un proceso ambiental. Cuando hay más verde, viene más fauna, salen niños a jugar, sale gente a tomar fresco. Te cambia la seguridad. Es un círculo virtuoso”.

También, en Bajo Belgrano, el equipo está abocado a desarrollar una propuesta de optimización y ahorro energético. Ese estudio busca determinar qué cantidad de paneles solares fotovoltaicos se necesitarán para alimentar a viviendas de esa macromanzana. Se realizaron tablas en las que se relevó cuántos habitantes y cuántas unidades habitacionales hay por manzana y cuánta energía se iba ahorrar colocando los paneles solares.

El barrio de Boedo, donde el grupo trabaja en este momento, presenta otro escenario. Los especialistas observaron que la zona es un terreno fértil para emprendimientos hoteleros y viviendas sociales. “Nosotros decimos que Boedo es el relleno de un sándwich –explica la directora del proyecto–. Por un lado está el distrito tecnológico, en Parque Patricios, y por el otro está el crecimiento en construcción y densificación que viene desde Rivadavia, que es imparable. Hay muchos lotes subutilizados y mucha necesidad de vivienda accesible. Entonces, podés proponer que estos lotes alberguen hoteles u oficinas, por ejemplo, que apoyen al distrito tecnológico, pero nuestra idea es compensar la riqueza del desarrollo urbano con viviendas para la familia que recién está comenzando o para las personas que viven de una jubilación y necesitan un lugar con las necesidades básicas satisfechas”.

También hay planes de desarrollar una propuesta de reorganización del transporte público, dada la existencia de varias manzanas de las denominadas atípicas, que son las que varían de la clásica medida de cien por cien o tener una morfología distinta de la cuadrada o rectangular. Según los expertos, esas manzanas enriquecen la vivencia urbana, porque allí hay mayor posibilidad de generar espacios verdes y de que los más chicos puedan jugar sin riesgo de toparse con un colectivo.

El rol del Estado y la llegada al vecino
Cuando concluyan sus estudios, una aspiración de los investigadores es presentar sus conclusiones a los habitantes de los barrios relevados y discutir las problemáticas urbanas y nuevas formas de abordarlas como la perspectiva de género, que es un área a integrar. Mora, sin embargo, ve poco favorable el contexto político y económico de nuestro país para financiar la sustentabilidad de una vivienda. “En otros países es una política de promoción de la industria, de la tecnología, de la investigación. ¿Cómo es posible que las viviendas sociales, que las hace el Estado, no estén contemplando las mínimas, o máximas, por qué no, medidas para que sean sustentables? Que sea no sólo confortable, sino también económica para el mantenimiento de la energía y el agua. Hubo algunos asomos, por ejemplo en el Programa Mejoramiento de Barrios (PROMEBA), que depende de la Secretaría de Infraestructura Urbana del Ministerio del Interior, Obras Públicas y Vivienda, donde hay una preocupación instalada. Nosotros aspiramos a hacerle llegar nuestras propuestas a los vecinos y contar con su devolución. Tener un intercambio sería muy positivo, ya que investigamos para alimentar a la política urbana”, se esperanza la arquitecta.

Asimismo, la investigadora aclara que Buenos Aires presenta características ideales, similares a otras ciudades europeas, para extrapolar el modelo de las macromanzanas. “Buenos Aires es una ciudad mediterránea en su morfología, es decir, es una ciudad compacta, con manzanas que en general son del mismo tipo, lotes entre medianeras y alturas que tienden a ser de más de tres o cuatro pisos. Tenemos autopistas, pero no cortan la ciudad por dentro. Entonces, es una ciudad densa, donde vive mucha gente por lote, compacta, por lo de las manzanas una tras otra, y compleja, donde uno baja a la vereda y tiene diversidad de funciones: puede haber un kiosco, un banco, un bazar. Una ciudad así es muy eficiente. Las diferencias tienen que ver con que las necesidades sociales son distintas, por lo cual los políticos se dedican a resolver distintos tipos de problemas. Y la economía, que es lo que mueve toda la máquina, es otra, además de que la situación de la Ciudad en relación al área metropolitana le exige responder a los problemas desde una perspectiva con alcance metropolitano y a mediano y largo plazo, y no sólo local e inmediato”, concluye.

Departamento de Prensa
hernan.cortes@uflo.edu.ar
Responsable de Comunicación del Rectorado


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