Universidad Nacional de Quilmes - Departamento de Ciencias Sociales

23 de Agosto de 2021 | 9 ′ 15 ′′


Alejandro Kaufman: “La pandemia nos vulnera de manera tal que nos convierte en números”



En este diálogo, el docente e investigador de la UNQ arroja luz sobre un fenómeno colmado de opacidades sobre el que todavía resta mucho por comprender. “(La prensa) ha desempeñado un papel deplorable, no ha hecho aportes; sólo se ha preocupado por alarmar, a la vez que entretener y banalizar lo que sucedía” sostiene el investigador.

En la Argentina, la pandemia comenzó en marzo de 2020: un evento de excepción que promovió transformaciones en todos los niveles. Un virus microscópico provocó la erosión del lazo social y exhibió sin filtros la auténtica vulnerabilidad en la que se encuentran todas las sociedades del mundo, incluso las más desarrolladas. Lo que sucedió con las subjetividades, la complejidad de la metáfora bélica, la naturalización de la muerte, el rol de la prensa, el papel del Estado y el desempeño de las derechas, desde la perspectiva de Alejandro Kaufman, docente e investigador de la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ) en el Centro de Estudios en Historia, Cultura y Memoria.

–¿Qué rupturas produjo la pandemia como fenómeno?
–La pandemia implicó una transformación del estado de las cosas. Creíamos que las epidemias, como eventos generadores de caos, se vinculaban a fenómenos del pasado, eventos que no iban a volver a ocurrir. Aun cuando algunos especialistas las predijeran, ya no formaban parte del ánimo colectivo. Hace varias décadas las distopías se vinculaban a los totalitarismos y a los sistemas de control; más recientemente comenzó a haber una percepción de vulnerabilidad, es decir, que las sociedades híper complejas y globalizadas son muy vulnerables. En la víspera de esta pandemia, las ficciones se tornaron, más bien, apocalípticas: interrupciones de civilizaciones provocadas por la aparición de zombis o especies sobrenaturales, o bien, el clásico corte del suministro eléctrico y falta de recursos como el agua. Desde este punto de vista, la pandemia se ubica como un acontecimiento que exhibe el estado de fragilidad, el punto débil del mundo, las regresiones en el orden civilizatorio.

–¿En qué sentido hay regresiones?
–El modo en que funcionan los planos político, económico, social y cultural se ven amenazados por un acontecimiento tan nocivo como desconocido. Ello produjo una situación en la que no es posible el análisis; de hecho, las intervenciones de intelectuales durante el primer período de la pandemia fueron inocuas. Lo que sucedió, entre otras cosas, es que aquellas categorías que servían para comprender los vínculos entre comunicación y salud estallaron. Toda epidemia vulnera el lazo social; el grado cero de la estatalidad se vincula con decir quién vive y quién muere, saber quiénes existen y quiénes ya no existen. Eso es un Estado.

–Ello también se vio trastocado…
–Exacto. No poder contar a los vivos y a los muertos produce una situación de pánico y descontrol.

–En las guerras ocurre algo similar.
–Sí, pero la diferencia es que hay dos grupos antagonistas y la causa de lo que le sucede a cada uno es motorizada por el otro, que trata de mantenerse indemne y ocasionar daños al enemigo. En una pandemia, eso le sucede a toda la sociedad al mismo tiempo y no hay un enemigo. Los virus no son enemigos, son simplemente virus, sin estrategia ni voluntad de perjudicarnos. Lo que hace posible la transmisión del coronavirus es el lazo social: si yo viviera solo en una isla desierta no habría transmisión viral. Por eso es tan difícil practicar el distanciamiento social, porque es muy nocivo; somos seres sociales a los que les gusta estar juntos. El virus aprovecha eso para hacernos daño, entonces, tenemos que separarnos. No sólo vulnera la salud, sino mucho más. Por ello, el único actor en condiciones de controlar lo que sucede en un evento así es el responsable de quiénes están vivos y quiénes están muertos: el Estado.

–Más allá de las diferencias que puedan marcarse con la guerra, muchos comunicadores han utilizado las metáforas bélicas para referir al “combate” que la ciencia y la salud tienen contra el Sars CoV-2. ¿Qué piensa al respecto?
–Cuando todo comenzó, me encontré entre quienes cuestionaban la metáfora de la guerra porque venía de una preocupación. Cuando se define a un enemigo, todo totalitarismo se fundamenta en la necesidad de cohesionarse socialmente y obedecer porque hay otro que “nos pone en peligro”. Los que somos democráticos, populares y emancipatorios nos oponemos a la guerra. El argumento bélico es reaccionario, siempre que la batalla funciona como el pretexto para que la población se vea extorsionada ante la presencia de un enemigo; y ello lleve a legitimar el estado de excepción, donde no funciona la libertad de expresión ni las garantías civiles. Sin embargo, lo que sucedió luego de los primeros pasos es que la derecha adoptó otra estrategia discursiva.

–¿Cuál?
–Una de tipo libertaria. En lugar de hablar de un enemigo frente al que había que cohesionarse, ubicaron a sus enemigos entre quienes querían cuidar la salud. Denunciaban a Estados que, supuestamente, abusaban del virus para imponer sus medidas. Por ello, las derechas en el mundo comenzaron a defender el deseo de las personas libres de hacer lo que quisieran. Entonces nos quedamos en un aspecto problemático, porque hay un rasgo de la metáfora bélica que sí es necesario. Me refiero a la coordinación de acciones. La derecha en la Argentina causó miles de muertes porque debilitó política y moralmente las capacidades del Estado para evitar la cohesión social. Nos hicieron creer, en definitiva, que la guerra no es contra el virus sino contra las políticas de cuidado visualizadas como autoritarias.

–Antes mencionaba que lo que definía la estatalidad era la posibilidad de contar a los vivos y a los muertos. ¿Qué sucede durante la pandemia cuando las muertes son tantas que se naturalizan?
–La pandemia nos vulnera de manera tal que nos convierte en números. La única manera de saber lo que está ocurriendo es a través del recuento de las muertes. Se produce una situación paradójica: es necesario saber cuántas personas fallecen y, al mismo tiempo, el proceso de conteo insensibiliza y banaliza la muerte. De una u otra manera, se trata de muertes evitables que no pudimos evitar. En el marco de la globalización, el recuento es global, continuo y en tiempo real, por lo que genera una especie de pánico constante. Todo lo que se haga por atenuar y consolar este tipo de situaciones es tan valioso como necesario. Que los medios puedan producir relatos, recuperar testimonios e historias de vida de los fallecidos sería muy positivo.

–¿Cómo se ha comportado la prensa hasta el momento?
–Ha desempeñado un papel deplorable, no ha hecho aportes; sólo se ha preocupado por alarmar, a la vez que entretener y banalizar lo que sucedía. Su objetivo estuvo vinculado a producir rating y resultó catastrófico. Los programas de televisión no han difundido de manera correcta los cuidados, hay momentos que se asemejan mucho a los cumpleaños. Los conductores parecían los músicos del Titanic, que seguían tocando mientras todo se hundía alrededor. Dicho esto, para ser justos, también hay que admitir que no sabemos cómo actuar frente a una pandemia. No sabemos cómo enfrentarla aún, estamos aprendiendo en todos los sentidos. En nuestro horizonte como sociedad no estaba este fenómeno, no estamos preparados.

–¿Es posible comunicar sobre salud prescindiendo de la cuestión ideológica?
–En un cierto plano es necesario ponerse de acuerdo para enfrentar la situación más allá de las diferencias políticas. Por otro lado, como lo epidemiológico es social, existen diferencias al interior del propio campo, por ejemplo, entre lo que se conoce como el modelo médico hegemónico (eurocéntrico) y el de la salud colectiva (minoritario en el campo médico, emancipatorio y popular). De este modo, mientras algunas veces es necesario suspender la discusión ideológica, en otros casos es fundamental no hacerlo. En general, no importó la ideología de los gobiernos para que los Estados se hicieran cargo de controlar la pandemia. Por este motivo, un gobernante como Boris Johnson comenzó con una lógica de conseguir la inmunidad de rebaño a partir del contagio (demasiado costosa en vidas) y luego, al ver lo que sucedía, se rectificó.

–Jair Bolsonaro no se rectificó.
–Bolsonaro adoptó una actitud genocida, de desprecio por la vida de su propia población. Muy similar a lo que dijo Macri: “Que mueran los que tengan que morir”. La derecha en la Argentina representada por la oposición milita el contagio y promueve condiciones que favorecieron y favorecen miles de muertes.

Leticia Spinelli
prensa@unq.edu.ar
Dirección de Prensa y Comunicación Institucional


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