Universidad Nacional de Lomas de Zamora - Facultad de Ciencias Agrarias

13 de Octubre de 2008 | 5 ′ 58 ′′


El monocultivo y la degradación de los suelos



En un contexto dominado por la siembra directa y la siembra de soja, docentes e investigadores estudian qué factores físicos, químicos, biológicos y mecánicos contribuyen en la degradación del suelo durante los procesos agrarios.

Un grupo de docentes de la UNLZ realiza una investigación con el objetivo de estudiar qué factores contribuyen en la degradación de los suelos durante el cultivo, y qué efectos producen sobre el mismo los diferentes sistemas de labranza que se utilizan en la actualidad.
El estudio de los ingenieros agrónomos expertos en edafología (ciencia que estudia las características físicas, químicas y biológicas del suelo) y en tecnología de suelos se enmarca en un contexto nacional -y mundial- dominado por el cultivo de la soja y por el sistema de labranza de la siembra directa.

En la actualidad, Argentina es el tercer productor de soja a nivel mundial, después de Estados Unidos y Brasil. Los datos más recientes revelan que hay 11.638.000 hectáreas sembradas con soja y bajo un sistema de siembra directa.
“Integramos una cátedra de conservación de suelos. Lo que intentamos es aplicar la tecnología para mejorar la producción, pero conservando los suelos. Debemos producir al máximo, pero haciendo ese bien sustentable, porque es muy finito y se agota en muy poco tiempo”, explicó a Infouniversidades la ingeniera agrónoma Mónica Barrios, integrante del equipo de investigadores. Y agregó que parte del trabajo fue presentado en mayo de este año al Congreso Argentino de la Ciencia del Suelo.

El grupo de investigadores inició la experiencia en diciembre de 2006, a partir de la siembra de soja de segunda, en unos campos ubicados en la localidad de Ezeiza, provincia de Buenos Aires, y pertenecientes a la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA).
“Lo que debe hacerse e históricamente se hizo en Argentina, en lo que se refiere a la siembra, es trabajar en una rotación. Es decir, en una década deberían hacerse seis años de agricultura y cuatro de pasturas. El objetivo es preservar los suelos, de lo contrario se produce un impacto ambiental”, advirtió Barrios.
A lo largo de esta secuencia de cultivos, que iniciaron y que luego pasarán a una pastura, lo que intentan medir son las variables físicas, químicas, biológicas y mecánicas del suelo. “Medir estas variables significa evaluar la capacidad productiva de un suelo. Cómo se va comportando a lo largo de los años y a partir de esas rotaciones”.

Durante la investigación, las hectáreas dedicadas a la agricultura pasarán a pastura y viceversa. Esa es la rotación que debería ocurrir en cualquier establecimiento agrícola sustentable.
“Basta con un acto agrícola para destruir el suelo a un centímetro o más, y por ello deberían pasar entre 10 y 100 años para que se vuelva a formar ese centímetro de suelo naturalmente, es decir, a través de una edasización natural”, enfatizó la docente.
A partir de este trabajo, los investigadores intentan determinar cuál de los tres sistemas de labranza es el más conveniente, y cuál es en el que en más tiempo se va a compactar el suelo. Los tres sistemas son: el de labranza convencional, que consiste en preparar la tierra a través de una pasada con arado de reja y vertedera sobre la superficie a sembrar, y dos pasadas con rastra de disco; el de labranza mínima, que radica en trabajar el suelo con dos pasadas de rastra de disco, y, por último, el de siembra directa, que se trata de un sistema conservacionista, donde directamente sobre el cultivo anterior se rocía glifosato (un desecante que elimina todos los cultivos y las malezas, a excepción de la soja) y sobre ese rastrojo se realiza una nueva siembra.
Precisamente, a partir de este último sistema de labranza, junto a los transgénicos, se produjo la explosión de la soja en todo el mundo. La siembra directa es más económica, necesita menos combustible, menos horas-hombre y es más rápida. Aplicando el herbicida la soja no tiene inconvenientes.
“En la labranza convencional, el cultivo compite con las malezas. La ventaja de la siembra directa es que conserve más agua, ya que la broza que se encuentra en la superficie impide que se produzca una evapotranspiración; no hay pérdida de agua inicial”, indicó la investigadora, experta en conservación de suelos. Aunque aclaró que también existen desventajas: “La principal es la compactación que produce en los suelos. Los poros de los suelos son lugares donde circulan el aire y el agua. Al compactarse se cierran, impidiendo la expansión de las raíces y la toma de los nutrientes necesarios por parte del cultivo”.

Si bien el trabajo aún no pasó a la instancia de la pastura, la compactación del suelo ya comenzó, aunque los investigadores eligen la prudencia y aclaran que las diferencias aún no son muy significativas respecto de la parcela testigo que no fue cultivada.
No obstante, Barrios advirtió: “El problema de hacer el mismo cultivo (en referencia al auge de la soja) es que éstos toman siempre el mismo tipo de nutrientes del suelo. Es cierto que se pueden ir agregando, pero hay que sumar las cantidades exactas de nutrientes y en el momento determinado en el que los necesita la planta. A veces no se respeta. La rotación evitaría eso, pero en el caso que no se produzca, que no es lo ideal, uno trata de recomendar que se utilice la cantidad justa y no de más, porque eso después contamina los acuíferos”.En este contexto es importante destacar la toma de conciencia con respecto a la problemática de la degradación de los suelos y los acuíferos asociados a ellos.


Silvio Speranza


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