Universidad Nacional de Córdoba - Facultad de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales

13 de Julio de 2009 |




En conjunto con investigadores de otras universidades del mundo, biólogos de la UNC trabajan desde hace 15 años estudiando el impacto que está produciendo el calentamiento global en el continente antártico. Los especialistas cordobeses se focalizan en la caracterización de los efectos en los ecosistemas marinos a raíz del retroceso de los glaciares. Los temas más preocupantes son la consecuencia de la desglaciación forzada del continente en la dinámica del resto del planeta y la pérdida de biodiversidad. Desde 1997 los investigadores vienen detectando cambios en los ecosistemas bentónicos, con especies que desaparecieron parcialmente y otras que se multiplicaron.

El objetivo general era conocer los ecosistemas antárticos marinos. En la tierra la fauna es muy escasa, sólo pueden encontrarse algunas aves migratorias, entre ellos pingüinos y algunos pocos mamíferos. Pero debajo de las aguas, la biodiversidad es muy grande, en particular en las comunidades bentónicas, es decir, las formadas por organismos que viven en el fondo de los ecosistemas acuáticos. “Fue un análisis más general -recuerda Ricardo Sahade, quien es docente e investigador de la UNC y desde 1994 estudia los ecosistemas en la península Antártica, en Caleta Potter (Shetland del Sur)-, realizado con fotografías. Queríamos ver la estructura de las comunidades, los patrones de diversidad, qué tipos de organismos vivían, qué estrategias tenían y qué les permitía ser exitosos en ese medio”. Las especies invertebradas más abundantes son las esponjas, ascidias, equinodermos y briozos.

A los tres años de esta primera etapa exploratoria, en 1997, los investigadores empezaron a detectar cambios en los ecosistemas bentónicos. Especies que habían desaparecido parcialmente y otras que se habían multiplicado. “Esto fue muy inesperado porque las condiciones ambientales debajo del agua son muy estables en la Antártida, y se creía que las comunidades biológicas también debían serlo”, explica Sahade a InfoUniversidades. “Nosotros vimos cambios muy grandes en tres años, en especies como las asirias, las esponjas y en bívalos”.

Hace diez años no se hablaba del calentamiento global como en la actualidad, pero la comunidad científica había empezado a realizar estudios interdisciplinarios en todo el mundo. En el caso de la Península Antártica se sabía que en los últimos 50 años había aumentado un promedio de 2,5 grados la temperatura (la media del planeta fue 0,6°) y que retrocedieron en muchos sectores los glaciares. Pero se creía que si no aumentaba la temperatura del agua no debía haber cambios significativos en los ecosistemas marinos.

Ricardo Sahade, entrevista

-No había explicación para que existan cambios tan rápidos en los ecosistemas marinos, y la temperatura del agua no aumentaba, pero sí existió una gran contracción de los glaciares. ¿Dónde estaba la explicación?
-Con el tiempo y con muchas discusiones intentamos ver qué procesos podían afectarlos. Los primeros indicios estaban, precisamente, en el retroceso de los glaciares, porque esto implica que hay un mayor aporte de materiales terrestres en el agua.

-¿Y cómo afecta la carga de sedimentos a las especies marinas?
-Notamos que las especies que empezaron a desaparecer, por su forma estructural y por el lugar donde vivían, eran menos resistentes ante una mayor carga de sedimentos. A estos organismos se los llama filtradores porque comen el material orgánico que se suspende en el agua: planton, fitoplanton, entre otros. Los sedimentos son material inorgánico: tierra, arcilla, greda, barro, etc. Los filtradores justamente filtran el agua para poder captar la comida. Si se le agrega una mayor carga de sedimentos, necesitan filtrar más agua y esto requiere un mayor gasto de energía. Por otro lado, los aparatos de “filtración” se van tapando o modificando en el mejor de los casos. Cuando no pueden hacer más este trabajo ‘extra’, mueren o desaparecen porque no pueden compensar el gasto de energía con el alimento conseguido. También se ven afectadas las plantas, porque el barro y los sedimentos oscurecen el agua y tienen mucha menos luz. Y las plantas absorben la energía solar para producir energía química, que se traslada al resto de la cadena. Es decir, todo el ecosistema se ve afectado. Éste es, quizás, el nexo principal entre los cambios en las comunidades bentónica y el aumento de la temperatura. Nosotros corroboramos las reacciones de las especies frente a la carga de sedimentos en laboratorios.

-¿Qué otras hipótesis se plantearon en relación al retroceso de los glaciares y el cambio en los organismos submarinos?
-Hay hipótesis nuevas que sostienen que estaríamos frente a un proceso de deglaciación de la Antártida. Pero lo concreto es que el 90 % de los glaciares de la península ha retrocedido. Y el proceso es muy veloz. Si bien varía según las zonas, hay glaciares que se redujeron 50 metros en un año.

-¿Cuál es el valor del continente antártico para el resto del mundo?
-La Antártida es un “laboratorio evolutivo natural”. Está aislada del resto del planeta hace unos 20 millones de años, sobre todo a nivel de organismos marinos. La barrera biogeográfica más potente se llama frente polar, a lo que se le suma la corriente circum antártica. Alrededor del continente hay profundidades de entre 3.000 y 5.000 metros, que junto con esta corriente hacen que los organismos tengan una barrera y sea muy difícil el intercambio y que, a su vez, los ecosistemas hayan evolucionado aislados del resto en los últimos 20 millones de años. Es una diferencia muy importante con, por ejemplo, el Polo Norte. La Antártida es un continente rodeado de mar, y el Polo Norte es un mar rodeado por continentes con sólo unos 15 o 20 mil años de antigüedad.

-¿Cómo afecta al resto del planeta el retroceso de los glaciares antárticos?
-La dinámica antártica afecta a la dinámica del todo del planeta. En los océanos hay dióxido de carbono disuelto, pero la capacidad de disolución está relacionada con la temperatura. Mientras más fría está el agua más capacidad de retener gases hay. El agua a 1° bajo cero retiene mucho más dióxido de carbono que a temperaturas de 2°. Esto es lo que se llama la ‘bomba física del dióxido de carbono’. Si se elevan las temperaturas de aguas frías como las antárticas se libera más dióxido de carbono, incrementándose el efecto invernadero. Los océanos cumplen un rol similar al de las plantas; son fijadores del dióxido de carbono, sacándolo de la atmósfera. Pero si, por un lado, introducimos dióxido de carbono con la quema de combustibles y, por el otro, eliminamos cobertura vegetal incrementando la temperatura, vamos perdiendo la eficacia de nuestros mecanismos reguladores. La dinámica de estos sistemas es muy compleja y quizás estemos lejos de comprenderla en su totalidad. Pero tal vez no nos quede mucho tiempo para tratar de hacer algo. Hay hipótesis que sostienen que el planeta Venus podría haber sido similar a la Tierra pero ahora tiene una temperatura de unos 300°, mantenida quizás por un efecto invernadero sumamente ‘eficiente’.

El equipo de investigación que trabaja en la Antártida está integrado por Ricardo Sahade, Marcos Tatián, Milagros Demarchi, Luciana Torre, Soledad Tarantelli, Cristian Lagger, Natalia Servetto, Paula Wiernes, Soledad Acosta y Marina Chiappero. Los estudios son subsidiados por la UNC, el Instituto Antártico Argentino, el Conicet, el FONCyT y el Alfred Wegener Institut (Alemania).


Lucas Gianre


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