En Argentina existe una gran deficiencia de meteorólogos

Universidad Nacional de Cuyo - Instituto de Ciencias Básicas

07 de Abril de 2014 | 10 ′ 36 ′′


En Argentina existe una gran deficiencia de meteorólogos


Así lo sostiene Jorge Rubén Santos, doctor en Meteorología, quien en entrevista con Argentina Investiga, traza un panorama sobre su especialidad en el país y explica la importancia que tiene la disciplina para la economía y la sociedad actuales. El especialista asegura que en Argentina hacen falta más estaciones meteorológicas e instrumental para observar el perfil de la atmósfera.

Jorge Rubén Santos es uno de los pocos científicos en Meteorología que hay en Mendoza y en el país. Formado como físico en el Instituto Balseiro, se doctoró como meteorólogo en Canadá y hoy, desde el Instituto de Ciencias Básicas de la Universidad Nacional de Cuyo, se dedica a la simulación numérica, una rama de su especialidad que busca reproducir en modelos computarizados las condiciones de la atmósfera en determinado tiempo y lugar, con el objetivo de predecir su comportamiento y prevenir las diversas problemáticas causadas por los fenómenos meteorológicos. En esta entrevista, el científico alerta sobre la preocupante falta de especialistas en esta disciplina y opina sobre la importancia de la meteorología para la vida cotidiana de una sociedad, asegurando que “generalmente la gente no sabe qué hace un meteorólogo”.

-Se lo confunde con un pronosticador…
-Exactamente. Una de las cosas que puede hacer un meteorólogo es dar un pronóstico, pero la atmósfera es tan compleja que abarca muchas ramas. Hay gente que estudia fenómenos meteorológicos particulares: por ejemplo, huracanes o tornados, o especialistas en meteorología sinóptica. O gente que estudia micrometeorología, fenómenos que ocurren en cuestiones de metros, no kilómetros, y en pocos minutos. O gente que se dedica a la parte de turbulencia, donde hay escalas de tiempo y espacios más pequeños. O, en el otro extremo, quienes se dedican a la parte de clima, a escala planetaria.

-Usted se especializa en simulación numérica, ¿de qué se trata?
-En la naturaleza hay distintos fenómenos físicos y químicos que ocurren en forma permanente. Cuando uno quiere hacer la predicción de una tormenta, una helada o un viento Zonda, hay una serie de eventos físicos que van ocurriendo y que desencadenan ese fenómeno meteorológico extremo. ¿Qué pasa? Lo que hay que hacer numéricamente es aproximar esa realidad a un modelo, modelizar. Esto significa tratar de reproducir lo más fielmente un proceso físico que ocurre en la naturaleza. Como es una aproximación, eso tiene sus falencias, por lo tanto, tu pronóstico no va a ser el correcto. Entonces, la simulación numérica de lo que trata es de representar a través de modelos numéricos lo más fielmente posible. Son ecuaciones de la física, que se ponen dentro de un modelo que se ejecuta en clústers de computadoras, es decir, un grupo de computadoras que trabajan en conjunto.

-Pero el objetivo, en definitiva, ¿es hacer un pronóstico?
-Cuando se hace un modelado numérico hay dos opciones: una simulación o un pronóstico. ¿Cuál es la diferencia entre ambos? Para correr un modelo, que dé un resultado, hay que alimentarlo con datos de entrada, que vienen de mediciones de la atmósfera en determinado lapso de tiempo. A esas condiciones iniciales hay que darles condiciones intermedias o de borde, que pueden ser de datos reales o pronosticados. Por lo general, los modelos se corren en un área limitada, por ejemplo, América del sur. Hay que darle las condiciones iniciales de la situación de la atmósfera, más la situación en los bordes en el futuro, que son situaciones pronosticadas que llevan a una salida, a un resultado. O, en su defecto, se corre el modelo con datos observados, algo que ya ocurrió.

-¿Cuánto influyen las nuevas tecnologías en esta rama de la meteorología?
-Mucho. Después de la Segunda Guerra Mundial empezó a tratarse de pronosticar un estado futuro de la atmósfera, con algo muy simple: una determinada capa de la atmósfera, por ejemplo a 500 milibares, se trataba de ver cómo iba a evolucionar a ese nivel. Se hacían muchos cálculos a lápiz y los errores que se producían eran muy grandes. Pero con el advenimiento de las computadoras todas esas ecuaciones pudieron hacerse más complejas, porque la capacidad de cómputo era mucho más grande, pero aún se estaba muy lejos de la complejidad que tienen en la actualidad. Las computadoras permitieron representar de una forma más fiel esos procesos físicos, porque se requiere aumentar la complejidad del modelo y eso necesita una computadora más poderosa.

-¿Cuál es la función de los meteorólogos? ¿Por qué necesitamos científicos en meteorología?
-Antes de responder eso hay que decir que en la Argentina hay una deficiencia de meteorólogos grandísima, hay muy poca gente. Y se necesitan porque, si nos dedicamos al pronóstico, por ejemplo, hay gente que necesita saber el estado del tiempo mañana o pasado. Y es importante por el impacto socioeconómico que eso puede tener. Podemos alertar a la población acerca de si va a ocurrir una gran tormenta mañana, para que tenga cuidado y se tomen los recaudos necesarios. O los que se dedican al clima, a escalas de tiempo más grandes, pueden saber si va a haber sequías, por ejemplo.

-¿Y por qué hay tan pocos meteorólogos?
-Yo creo que se da en todas las áreas de las ciencias duras: física, química, matemática, biología… Son muy pocos los alumnos interesados en estudiar estas disciplinas. Generalmente se interesan por carreras cortas que les dan una salida laboral rápida. Y las ciencias duras, como la palabra lo indica, requieren de una carrera larga, muchos años de dedicación y ver resultados a largo plazo. En la actualidad hay un problema a nivel mundial por la poca gente que se dedica a las ciencias duras.

-Y así como son pocos los meteorólogos, son escasos entonces los fenómenos meteorológicos que han podido estudiarse. En su caso, ¿a qué aplican los modelos numéricos?
-Con los pocos meteorólogos que estamos en Mendoza trabajamos en colaboración, y nos dedicamos, entre otras cosas, a simular tormentas severas, viento Zonda y heladas. Tratar, de alguna forma, de identificar los componentes principales de estos fenómenos. El Zonda es un efecto que ocurre en otras partes del mundo: en EEUU se llama viento ‘chinook’, en Alemania, Austria y Suiza se llama ‘foehn’, se les da distintos nombres de acuerdo al lugar, pero por lo general está vinculado a un descenso bastante brusco del flujo de aire, cuando pasa en forma perpendicular un cordón montañoso y eso trae aparejado una elevación de la temperatura bastante importante y un descenso de la humedad. Y ráfagas de viento fuerte. Eso se ha estudiado en otras zonas del mundo mucho más, porque tienen más recursos para observar. En Argentina, la red de observación es bastante pequeña y está poco estudiada. Y es difícil validar un modelo, porque necesitamos datos de la realidad para contrastarlo.

-¿Qué se necesita, más equipamiento?
-Instrumental. Más estaciones meteorológicas y globos sonda, que se largan para ver el perfil de la atmósfera, no sólo datos de superficie.

-¿Qué resultados han obtenido sus simulaciones?
-Hemos trabajado con varios modelos. Cada uno de éstos tiene su particularidad. Lo que observamos es que para pronóstico de viento Zonda funcionan bastante bien. Nos dicen cuándo va a ocurrir el viento y dónde, con 3 o 4 días de antelación. Generalmente hay un desfase: a veces el modelo tiende a adelantar el fenómeno o a atrasarlo, pero hablamos de un rango de 3 o 4 horas, no de días. Y eso no es tan grave porque si se predice con un desfase de horas, se pueden emitir alertas a Defensa Civil o a la dirección de Escuelas. Y mientras más cerca del fenómeno, la predictibilidad del modelo mejora.

-A pesar de esto, cuando el pronóstico no coincide con lo que ocurre, la gente se enoja con los meteorólogos. ¿Cómo conviven ustedes con esto?
-Se siente un gusto algo amargo en la boca, pero uno es consciente del esfuerzo que hizo y de lo difícil que es. Haciendo un “mea culpa”, creo que hay que hacer un poco más de docencia, de educar a la gente, en el buen sentido. De explicar bien de qué se trata, la complejidad del fenómeno. A veces la gente cree que un pronosticador sale, mira la atmósfera y ya sabe qué va a ocurrir mañana o pasado. Por lo general, si se mira el cielo se tiene una idea de lo que está sucediendo, pero uno no es mago y no puede saber si mañana va a ocurrir una tormenta. Para eso se requiere de modelos, y esos modelos numéricos a veces tienen sus fallas, porque las condiciones iniciales no son las mejores, la representación de determinados procesos físicos no es la mejor, o a veces el modelo funciona mejor para algunos casos, y para otros no.

-¿Es posible reducir ese margen de error al mínimo con la tecnología actual?
-Uno de los grandes científicos en el tema de los fenómenos caóticos, Edward Lorenz, estableció un límite: no se puede ir más allá de dos semanas, porque la naturaleza caótica del sistema atmosférico no lo permite. Igual, es un límite que se trata de correr en los últimos años con la aparición de nuevas técnicas. Una de esas es la asimilación de datos: al modelo se lo corre y se lo corrige a medida que obtiene datos de observación. Por consecuencia, mejora la salida del modelo. Se avanza muchísimo, yo creo que en 10 o 15 años vamos a poder pronosticar mejor con estas nuevas técnicas, lo que pasa es que son computacionalmente caras, requieren de computadoras muy poderosas. Igual, hoy nosotros, con una computadora de escritorio podemos producir un pronóstico de Mendoza a 7 días. Así que con un hardware más potente se podrán hacer cosas mucho más complejas y precisas.

Prensa UNCuyo
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