La religión en las cárceles: nuevos vínculos de contención

Universidad Nacional de Rosario - Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales

11 de Agosto de 2014 | 7 ′ 3 ′′


La religión en las cárceles: nuevos vínculos de contención


Una investigación observa el modo en que opera el discurso religioso en las cárceles y las relaciones de poder que emergen en el interior de los pabellones evangélicos. La incorporación de esta religión en las cárceles genera una escasa conflictividad de los presos y una organización jerárquica definida por los propios detenidos.

Un estudio radicado en el Instituto de Investigaciones de la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional de Rosario (UNR) analiza el impacto del discurso religioso en dos cárceles de la provincia de Santa Fe: la número 3, ubicada en la calle Zeballos y Richieri, de esa ciudad, y la número 11, de Piñero, a 25 km de Rosario. El estudio tiene como eje observar cómo funciona este discurso, en especial el evangelista pentecostal, que se inserta en los servicios penitenciarios a partir de la recuperación democrática argentina. “Este discurso evangelista habilita nuevas formas de ser, pensar y habitar la cárcel. Además, configura nuevas subjetividades y estrategias de co-gobernabilidad por parte del servicio penitenciario”, explicó a Argentina Investiga Mauricio Manchado, autor de este proyecto y becario del Conicet.

La injerencia de la religión evangelista se hace notar en las prisiones. “En Santa Fe, por unidad penitenciaria existen ente 2 y 4 pabellones que responden al evangelismo, lo cual implica que un 25 o 30% de los pabellones son iglesia”, confió el investigador que realiza su trabajo dirigido por la doctora Susana Frutos.

El trabajo marca dos aspectos importantes de la incorporación del evangelismo en las cárceles. Por un lado, genera una configuración normativa que da como resultado una escasa conflictividad de los presos que viven en estos pabellones. Por otra parte, la organización jerárquica de estos pabellones es definida por las propias personas detenidas, lo que hace que un preso pueda decidir sobre otro.

Según Manchado, el discurso evangelista tiene una larga trayectoria en las cárceles. “Se inserta primero en la provincia de Buenos Aires y en Santa Fe tarda un poco más, y toma visibilidad a finales de la década del noventa, principios de 2000, cuando en la unidad 1 de Coronda tuvo lugar una escalada de violencia muy fuerte. Esto ocasionó que los pastores que venían desarrollando un trabajo previo informal y desorganizado pudieran tomar formalidad”. En este sentido, también lo diferenció del catolicismo, religión legitimada en las cárceles y solventada por el Estado. “El catolicismo casi no tiene presencia en las cárceles, sólo por una capilla católica que existe en todos los servicios penitenciarios de Santa Fe, donde un capellán designado oficia una misa a la semana. Por ejemplo, en la unidad 3 asisten entre 5 y 10 personas por semana de un total de 250 encarcelados, mientras que en la misma unidad conviven 2 pabellones evangélicos que suman 80 personas”.

Según indica el investigador, la realidad que se vive en las cárceles santafesinas es el reflejo de lo que se vive en las sociedades actuales con la evolución sostenida que tiene el evangelismo. “Es marcado el crecimiento de las grandes iglesias evangelistas ubicadas, sobre todo, en barrios periféricos y tuvieron una gran inserción en contextos de marginalidad. Estas iglesias son las mismas con las que se encuentran dentro de la cárcel; hay una continuidad, muchas veces, entre el adentro y el afuera”, sostuvo Manchado y aclaró que cerca del 80% de la población carcelaria corresponde a sectores marginales.

Por otra parte, la investigación analiza cómo se apropian los detenidos de este discurso religioso. “Hay presos que se acercan al evangelismo porque están convencidos del camino de la fe y la religión, a los que se conoce como los ‘convertidos’, aquel que sale y no vuelve a delinquir. En cambio, aparecen los llamados ‘refugiados’, presos que no pueden estar en otros pabellones por un problema de convivencia, donde se dan situaciones de pelea y hasta corren riesgo sus vidas. Esto para el servicio penitenciario es un problema y esa persona debe recurrir a estos pabellones porque es el único lugar donde la violencia está reducida casi al mínimo”, definió el investigador. Por último, añadió Manchado, aparece la figura de los convencidos que “son personas que se acercan a estos pabellones porque están cansados de una larga estadía de conflictividad y deciden aceptar las estrictas normas de convivencia para pasar el tiempo que resta de la condena en sitios menos conflictivos”.

La investigación deja entrever que estos pabellones tienen una configuración normativa muy fuerte. “Los presos que ingresan saben que deben cumplir las normas de disciplina y adecuarse a ellas porque, de lo contrario, pueden ser expulsados y volver a los pabellones donde tenían problemas o a una celda de castigo”, puntualizó Manchado y agregó que las normas son claras: no tomar bebidas alcohólicas, no usar teléfonos celulares, no tener elementos cortopunzantes, entre otras restricciones.

Por último, el investigador explicó el motivo de la elección de estos dos servicios penitenciarios. “Me interesaba ver cómo estos sujetos se vinculan con el dispositivo religioso cuando están en una etapa de transición o de una estadía más prolongada. La unidad 3 es una cárcel antigua inaugurada en 1894, 1895, enclavada en la zona centro de la ciudad. Es una cárcel de mediana y baja seguridad, con una población de condenados con penas menores a 5 años o que ya están transitando la última parte de su condena, lo cual implica que la mayoría está en el umbral de egreso”. Y agregó: “Esto configura una cárcel donde funciona un elemento que es la conducta, el hecho de acceder a la posibilidad de salir por tener una conducta ejemplar determinada por su relación con los presos y con los actores carcelarios”. En la contracara, la cárcel número 11 de Piñero tiene características opuestas. “Esta unidad carcelaria es de máxima seguridad y responde a la vieja lógica de las cárceles fuera de las ciudades, y con un sistema disciplinario mucho más severo que la unidad 3. Si bien hay detenidos que salen con permisos, la mayoría tiene condenas largas”.

La posibilidad de acceder a los pabellones evangélicos hace que muchos presos asuman la religión como una manera de vida dentro de las cárceles y así configuran nuevas relaciones que al salir les sirven de contención. “Estas iglesias generan redes que permiten que el preso que sale de la cárcel y continúa con la religión pueda crearse contactos e insertarse en el medio laboral”, concluyó Manchado.

Silvana Di Stéfano
sdistefa@unr.edu.ar
Silvana Di Stefano
Secretaría de Comunicación y Medios - Dirección de Prensa


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