Los psicólogos y sus limites en la admisibilidad de pacientes

Universidad de Flores - Facultad de Psicología y Ciencias Sociales

16 de Julio de 2018 | 8 ′ 58 ′′


Los psicólogos y sus limites en la admisibilidad de pacientes


Una investigación desmitifica la figura del terapeuta capaz de atender cualquier caso y echa luz sobre las causas por las cuales puede abstenerse. Abusos, torturas, discapacidad, manipulación y hasta falta de aseo son algunos de los tópicos que determinan esta incompatibilidad.

“Andá al psicólogo”. “Hacé terapia”. “Hacete ver”. Cuando los conflictos apremian las recomendaciones surgen como una letanía. En Argentina, uno de los países más psicoanalizados del mundo, hay una idea instalada del terapeuta como un ser magnánimo que nos espera con los brazos abiertos para que descarguemos todos nuestros traumas. Sin embargo, una investigación de la Universidad de Flores derriba esta figura totémica y la coloca en el llano. Según el estudio, que incluyó un protocolo de entrevistas a casi 600 profesionales, hay casos puntuales donde el psicólogo se ve superado y no le queda otra opción que rechazar al paciente. Abusos, torturas, discapacidad, manipulación y hasta falta de aseo son algunos de los tópicos que determinan esta incompatibilidad.

“No es cierto que nosotros tenemos capacidad para trabajar con todos los pacientes”, afirma el Dr. Marcelo Rodríguez Ceberio, quien además de estar al frente de la investigación, es director académico de la Escuela Sistémica Argentina, del Doctorado en Psicología de UFLO y del LINCS (Laboratorio de Investigación en Neurociencias y Ciencias sociales). “Es un mito que se viene sosteniendo –amplía– no sólo por la gente, sino también por los mismos psicólogos. Hay una característica peculiar de los psicólogos de la década del ‘60 en adelante, que tienen una actitud un tanto omnipotente respecto al manejo de los problemas. Como si ellos se parapetaran en el lugar del saber, en una posición asimétrica con el paciente. En el sistema terapéutico, si hay una persona que se omnipotentiza, en la función de roles está impotetizando al otro complementario”.

Para arribar a estas conclusiones, el proyecto trabajó en la distinción entre ‘modelo terapéutico’ y ‘estilo terapéutico’. Tal como asegura Ceberio, “la adopción de un modelo terapéutico no implica que todos lo ejerzamos de la misma manera, es decir, siempre un modelo pasa por el filtrado de variables personales y contextuales. Por ejemplo, yo ejerzo un modelo sistémico y neurocientífico. Si otra persona también lo ejerce pero diferente a mí en el ciclo evolutivo, en su zona de residencia o en sus vivencias personales, ejercería el mismo modelo pero con un estilo distinto”.

El modelo, entonces, modela la epistemología del profesional, pero también debe tener una serie de técnicas y tácticas congruentes con la teoría. El estilo, por su parte, es la particularidad de la instrumentación del modelo, es decir, el filtrado a través de una serie de variables personales: ciclo evolutivo, creencias, valores, experiencias, gustos. Son condicionantes que influyen en cómo se posiciona el terapeuta frente a un eventual paciente. Y, por otro lado, están las variantes contextuales: por ejemplo, no es lo mismo atender en un consultorio privado que en un hospital público o trabajar con pacientes en forma individual que en forma de pareja o grupal.
“No es lo mismo un paciente con una determinada problemática –señala Ceberio– que un paciente que trae un estilo que nos resulta ríspido. Esas dos variables moldean el modelo y hace que nosotros tengamos un estilo determinado. Dentro de ese estilo hay pacientes que nos pueden causar mayor empatía que otros. Hay pacientes que nos gustan y hay pacientes que nos disgustan”. El especialista también menciona otra variable, nada menor, la económica, donde hay terapeutas que no se pueden dar el lujo de rechazar pacientes. Prefieren tolerar a alguien que no les causa empatía que derivarlo a otro profesional.

No sos vos, soy yo

Ese rechazo, esa ausencia de química, ¿es mayormente responsabilidad del paciente o del psicólogo? “El paciente –dice Ceberio– tiene oportunidad de elegir. Va a un terapeuta y, si no le ‘calza’, se va con otro. Entonces, la empatía va por ambos lados. Hay situaciones en las cuales la problemática en sí misma causa escozor en el terapeuta, pese a que empáticamente es muy agradable. Y, por otro lado, el problema puede ser muy simple pero empáticamente es terrible. Ahí entonces hay un entrecruzamiento de variables. A raíz de esto decidimos empezar la investigación”.

También es difícil determinar si el rechazo es instantáneo o se va dando progresivamente. El director del proyecto menciona a las llamadas neuronas espejo, matriz neurobiológica de la empatía. Se trata de un tipo de neuronas descubiertas en primates que generaban el reconocimiento de las acciones del otro. “Cuando el otro realiza una acción, en nuestro cerebro se edifica esa misma acción y, entonces, uno puede entrar en sintonía al hacer ese reconocimiento. Hay dos tipos de neuronas espejo. Unas que son estrictamente congruentes (las NEC), es decir, que copian estrictamente el movimiento: uno, por ejemplo, va a Córdoba y luego de diez días vuelve hablando con tonada. Y las otras son las neuronas similarmente congruentes (las NESC), que completan el movimiento y pueden servir de prevención”, explica Ceberio.
“Esta génesis de la empatía funciona de determinadas maneras. Hay personas que de movida ya no nos gustan. Quizás sus gestos, sus actitudes, sus formas o su estilo de comunicación no nos atrapan. O puede que nos atrapa, pero cuando empieza a hablar del tema, en la primera sesión quizás aún no pero en la segunda o tercera se empiezan a ver visos de perversidad o abuso, y eso nos empieza a revolver el estómago relacionalmente. Hay temas que impactan y provocan esa repulsión”, completa el especialista.


La supervisión, un rol clave

Tal vez, fruto de la citada omnipotencia terapéutica, puede darse que el psicólogo no quiera aceptar que tiene limitaciones frente a un paciente, lo que provoca que lo siga tratando. Para evitar esto resulta fundamental el trabajo de la supervisión, que posibilita a abrir el juego hacia los obstáculos y los facilitadores de la situación terapéutica. Un supervisor puede aconsejar a su supervisado que derive a un paciente porque le puede remover ciertas cosas.

A partir de este señalamiento del supervisor, el terapeuta muy respetuosamente le puede comunicar al paciente su decisión de no seguir. Se puede ser honesto, explicándole los verdaderos motivos. “A menos que el paciente tenga ciertas características psicopáticas o manipuladoras, no debería tomarlo mal. El que pasa muchas horas haciendo clínica tiene que trabajar feliz, con los pacientes que realmente puede desarrollarse”, precisa Ceberio.

Un rechazo frecuente puede provocar una señal de alerta en el terapeuta, llegando a cuestionarse su propia idoneidad. También ahí entra el espacio de la supervisión y de la terapia personal para detectar cuáles son las resistencias de este profesional.

Causas habituales de rechazo

La metodología del estudio se basó en una serie de entrevistas personales a casi 600 profesionales, donde se creó un protocolo en el que figuraron la edad, el sexo, el modelo terapéutico y la cantidad de años en la profesión. Se confeccionó, además, una escala de tres niveles –rechazo nulo (“No me molesta trabajar con estos casos”), rechazo mediano (“Trabajo pero de manera incómoda”) y rechazo absoluto (“Evito trabajar con estos pacientes”)– con 27 categorías por los cuáles se desiste de atender a un paciente. Torturadores, torturados, depresivos, adictos, suicidas, gerontes, discapacitados, psicóticos, xenófobos, criminales y manipuladores fueron algunas de ellas.

Los resultados arrojaron un primer grupo encabezado por casos de abuso (62,4%), asesinos (62,3%) y violadores (62,1%). “Esto no quita –explica Ceberio– que haya terapeutas que, por ejemplo, trabajen muy bien con el abuso sexual infantil. También puede causar repulsión, no el paciente sino la problemática en sí. Alguien abusado, por ejemplo. Pero lo que provoca más rechazo es el trabajo con el victimario”.

La muerte rodea al segundo grupo: pacientes gerontes y terminales son también causa de abstención (“El terapeuta estaría viendo lo que le puede pasar en el futuro”, precisa el catedrático de UFLO).

Y una variable que puede sorprender pero muchos la han señalado es la limpieza. O mejor dicho la falta de ella. El propio director del proyecto puede dar fe: “Tuve casos de pacientes con pelos grasos o halitosis, con unos olores muy fuertes que me provocaban malestar y no me permitían trabajar bien. Son variables insospechadas, pero existen”, concluye.

Departamento de Prensa
hernan.cortes@uflo.edu.ar
Responsable de Comunicación del Rectorado


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