Parentalidad positiva en contextos de vulnerabilidad social

Universidad Adventista del Plata - Facultad de Humanidades, Educación y Ciencias Sociales

22 de Septiembre de 2014 | 9 ′ 48 ′′


Parentalidad positiva en contextos de vulnerabilidad social


La doctora Jael Vargas Rubilar dialogó con Argentina Investiga acerca de un estudio que tuvo como objetivo intervenir en grupos familiares que viven en contextos de vulnerabilidad social, a través de la aplicación de un programa para promover la parentalidad positiva en el ámbito escolar. El proyecto obtuvo resultados positivos entre los que se cuentan el fortalecimiento de la relación con la escuela y cambios favorables en cuanto a la comunicación, la disciplina y el afecto de padres a hijos.

Las intervenciones psicosociales con familias en contextos desfavorables no son algo nuevo; se realizaron en otros países de América latina como Chile, Brasil, Colombia y México. Sin embargo, en Argentina existe una carencia importante de este tipo de trabajos. En nuestro país, se realizaron intervenciones pero no siempre se llevaron a cabo evaluaciones en relación a la efectividad de los programas aplicados. La investigadora Jael Vargas, becaria posdoctoral del CIIPME-Conicet y docente de la Universidad Adventista del Plata, señala que la mayoría de los estudios recientes que analizaron la realidad de las familias que viven en contextos de riesgo psicosocial muestran que el factor más preocupante no es vivir en una situación desfavorable a nivel socioeconómico o ser “pobre”, sino lidiar en forma cotidiana con múltiples estresores que actúan de manera simultánea y se retroalimentan (como el estrés parental, vivir en barrios peligrosos, el poco acceso a la salud y a la educación, las escasas oportunidades laborales, etc.).

La mayoría de estas familias carece de la posibilidad de llevar adelante su rol parental de manera apropiada por falta de apoyo percibido y de habilidades y conocimientos fundamentales sobre la crianza infantil. Así, muchos de estos padres carecen del soporte social que les permitiría demostrar el afecto, estimular y apoyar la educación y otros aspectos importantes para el desarrollo bio-psico-social de sus hijos.

Hasta el comienzo de este proyecto no se habían planteado soluciones alternativas a estas problemáticas, es decir, programas que promuevan una parentalidad más positiva en contextos adversos y valoren las posibilidades de cambio de las familias mencionadas, ni las posibilidades de aprendizaje y progreso de estos padres.

Los nuevos modelos de intervención destacaron el fortalecimiento de los recursos existentes en las familias, no sólo intrafamiliares, sino también los recursos que existen en su propia comunidad. El grupo familiar puede contar con una red de apoyo social: los centros cercanos de salud, la iglesia, los vecinos, la familia extensa, la escuela a la que asisten los chicos, otros padres, otras familias, etc. El fortalecimiento de las redes sociales puede ayudar a los padres a obtener apoyo emocional e instrumental para ejercer una parentalidad más positiva y disminuir sus estresores.

Desarrollo de la investigación.

La investigación ha sido dirigida por las doctoras Viviana Lemos y María Cristina Richaud, ambas investigadoras de la Universidad Adventista del Plata y del Centro Interdisciplinario de Investigaciones en Psicología Matemática y Experimental (CIIPME), unidad ejecutora del Conicet. El programa fue desarrollado en el marco del proyecto de investigación e intervención, basado en la evaluación y fortalecimiento de recursos psicológicos en niños “Sin afecto no se aprende, ni se crece”.

El objetivo principal fue diseñar un programa de intervención que fuera aplicable a contextos de riesgo social. Desde el comienzo se planteó la necesidad de realizar un diagnóstico previo de la situación de las familias. Esto se realizó a través de una evaluación pre-intervención, que consistió en entrevistas con los padres para conocer las características de las familias; se buscó un lugar de trabajo en su contexto y se realizó en la misma escuela a la que asistían sus hijos. La intervención en el contexto escolar pretendía, al mismo tiempo, fortalecer la interacción entre la familia y la escuela. El programa se implementó durante 3 años y fue evaluado anualmente -al inicio del año escolar y al finalizar- para realizar los ajustes necesarios en base a las necesidades de los padres participantes.

Se utilizó la modalidad taller grupal experiencial, que consistía en sesiones quincenales realizadas en el comedor escolar, una hora antes de que los chicos salieran, de modo que se facilitara la asistencia de las madres y los padres.

En relación a las habilidades parentales o de crianza que se buscó desarrollar, Vargas señala: “Este fue un punto que nos llevó a reflexionar mucho porque, como psicólogos, tenemos una idea preconcebida de que sabemos lo que los padres necesitan. Pero nos pareció importante también conocer qué necesidades percibían que tenían ellos”.

Respecto de las propuestas de los padres la especialista indicó que “una de las áreas a trabajar más fuertemente tuvo que ver con la expresión del afecto. Creemos que en estos contextos las personas tienen mucho afecto hacia sus hijos pero tienen una gran dificultad para expresarlo de manera verbal y física, debido a sus propias historias personales y al estrés cotidiano. En muchos casos, los padres nos preguntaban: ¿cómo puedo hacer para acercarme a mi hijo?, o ¿cómo puedo expresarle el afecto que le tengo? Yo nunca recibí ese afecto de mis padres”. “Otro de los aspectos tuvo que ver con la disciplina o las formas de control. Las madres planteaban que fueron castigadas físicamente por sus padres, por lo tanto, en las sesiones nos centramos en mostrar formas más positivas de comportamiento parental en beneficio de los hijos. Creo que el tipo de intervención que propusimos, aunque inicialmente era desde un lugar de expertos, finalmente se transformó en un trabajo conjunto con los padres, una tarea de intercambio permanente en base a sus necesidades; brindamos aportes que se iban sumando a su experiencia en el contexto en el que viven”.

Se realizó una evaluación de los chicos, postintervención, y se obtuvieron resultados positivos, aunque aún son exploratorios. Se evaluó el estilo parental y el apego percibidos por los hijos y se observó que las tendencias mostraban una mejora después de la intervención. La confianza y la disponibilidad maternas percibidas por los hijos también aumentaron ya que algunas veces los padres están, pero no prestan la atención suficiente, o no están de la manera en que los niños los necesitan.

Desde el punto de vista de las madres, se realizó una evaluación cualitativa. Vargas comenta: “Primero escuchamos las historias que ellas habían vivido como hijas, con sus propios padres, valoramos qué es lo que ellas consideran que repitieron con sus hijos y después, todo lo referido a la intervención, qué es lo que ellos consideraron importante o en qué aspectos los ayudó el programa. La mayoría de las participantes informó que tuvieron un crecimiento personal, no sólo como madres, sino en otros roles, y en sus creencias acerca de la crianza y en la sensibilidad para con sus hijos. Estos aspectos son los que los estudios consideran como las competencias parentales fundamentales para la crianza y están relacionadas con la ‘empatía parental’ (capacidad de sintonizar emocionalmente con sus hijos).

También se observaron cambios favorables en cuanto a la comunicación, la disciplina y el afecto. Uno de los cambios observados tiene que ver con el apoyo percibido; en estos grupos suele haber mucho aislamiento por falta de lo que llamamos ‘recursos sociales’. Después de la intervención percibieron que tenían un soporte formal. Algunas madres iniciaron procesos psicoterapéuticos, lo cual fue muy positivo porque algunas tenían historias de abuso sexual, de maltrato de diversa índole”.

Otro de los resultados de la intervención fue el fortalecimiento de la relación con la escuela y los lazos que se formaron entre los padres participantes, que permitieron el desarrollo de redes de apoyo social entre los propios padres y entre los padres y la escuela y la comunidad. Por ejemplo, armaron un ropero escolar en el que vendían ropa para juntar fondos para la escuela, también visitaron hospitales, además de armar grupos de amigos. Es decir, que generaron recursos y pudieron identificar muchos de los recursos que ellas no sabían que tenían.

Perspectivas

Al ser consultada acerca de la perspectiva de extensión de estos talleres, la investigadora comenta que “lo ideal sería que se extienda a todos los lugares posibles. Nuestro equipo de trabajo es un grupo de psicólogos pero, al mismo tiempo, de investigadores, por lo que nuestra idea es no sólo obtener nuevo conocimiento del trabajo que realizamos, sino también realizar un aporte a la sociedad. También sería ideal que todas las escuelas del país de contextos vulnerables incorporen este tipo de programa en forma sistemática. La mayor dificultad de estas intervenciones es la carencia de recursos económicos y humanos para la aplicación y evaluación de la efectividad de los programas”. Coincido con el pensamiento de Eduardo Galeano cuando dice: ‘Son cosas chiquitas. No acaban con la pobreza, no nos sacan del subdesarrollo… pero quizá desencadenen la alegría de hacer, y la traduzcan en actos. Y, al fin y al cabo, actuar sobre la realidad y cambiarla, aunque sea un poquito, es la única manera de probar que la realidad es transformable’”.

Edith Soriano de Castro
direccioneditorial@uap.edu.ar
Noely Stocco, Ornella Iuorno.
Secretaría de Publicaciones y Editorial


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