Rehabilitación en el desierto: el desafío para los próximos años

Universidad Nacional del Comahue - Escuela Superior de Salud y Medio Ambiente

26 de Julio de 2010 | 3 ′ 47 ′′


Rehabilitación en el desierto: el desafío para los próximos años


Suelos desnudos y médanos cubren una geografía que aunque inhóspita y rebelde, también puede ser sustentable. Es por esto que en Neuquén, investigadores de la UNCo cultivan plantas nativas en un vivero para rehabilitar zonas degradadas. Plantaciones en campo demostraron un nivel de supervivencia que alcanza el 95%. Se trata de 14 especies y, como objetivo, el grupo de investigadores espera llegar a las 30. La puesta en valor de las especies autóctonas, mal consideradas ‘yuyos’, fue el punto de partida.

En Aguada Pichana existe un doble desafío para la vida: el desierto y la desertificación. En la actualidad, las tierras secas de Neuquén se degradan como consecuencia de diversos factores que incluyen el pastoreo excesivo, la deforestación, la fragmentación y la falta de prácticas de rehabilitación y restauración de sus ecosistemas. La desertificación socava la productividad de la tierra y contribuye a incrementar su pobreza. Las primeras víctimas son los recursos básicos, entre ellos, la superficie de la tierra, el manto vegetal y la biodiversidad. Los habitantes sufren las consecuencias cuando sus campos se vuelven improductivos y los pobladores, en muchos casos, migran a centros urbanos.

En estas circunstancias, lo que se define como ‘yuyo’ adquiere otra dimensión, potencialmente productiva. Y es este el eje del trabajo de un grupo de estudiantes y profesores de la Universidad Nacional del Comahue que, en un vivero, cultivan plantas autóctonas para rehabilitar zonas degradadas, sin utilizar fertilizantes químicos.

El grupo forma parte del Laboratorio de Rehabilitación y Restauración de Ecosistemas Áridos, que simboliza el nombre científico de la jarilla (Larrea). Esta planta, al igual que otras cultivadas en el vivero, utiliza poca agua, resiste las heladas y las sequías, fija el suelo y genera microambientes.

Además de su valor ecosistémico, también interesa su potencial productivo y cultural. Muchas de las especies autóctonas pueden utilizarse con fines ornamentales, como es el caso del chañar brea, pero hay otros usos. Las ramas de la pichanilla se emplean para hacer escobas, y el alpataco es un arbusto que puede usarse como leña. Además, es una especie forrajera y sus gomas tienen valor industrial. También la melosa, cuya resina incluye varias aplicaciones.

Otra especie con alto valor proteico y que puede servir como forrajera para el ganado en zonas áridas es la zampa. De esta manera se suma una lista de 14 plantas que se producen en el vivero para rehabilitar sitios degradados y se propicia la iniciación o aceleración de la llamada “sucesión ecológica”. Una forma de hacerlo es introducir especies que fijan el nitrógeno, lo que genera un micrositio favorable para que se establezcan nuevas especies.

Los investigadores estudian en primer lugar el ecosistema de referencia y definen las especies con capacidad para favorecer la recuperación del suelo. Luego, recolectan semillas, las limpian, seleccionan y someten a distintos tratamientos en el invernadero para, cuando la planta esté fuerte, trasladarla al sector de “rustificación”, donde vive en condiciones casi equivalentes a las que tendrá en campo.

El próximo paso es introducirlas en campo y evaluar la ventana temporal más óptima para que sobrevivan. El equipo ya evaluó el comportamiento de la tara en el Auca Mahuida, y a poco más de un año de la plantación indicó que “el nivel de supervivencia oscila entre el 70 y el 90 por ciento”. La meta para este año es llegar a probar científicamente 30 especies en su germinación.


María Fernanda Monzón , Universidad Nacional del Comahue mfmonzon@uncoma.edu.ar


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