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Universidad Nacional de Rosario - Facultad de Psicología

07 de Septiembre de 2015 | 6 ′ 58 ′′

Infancia, la importancia de interactuar con otros para el desarrollo cognitivo

Un estudio analizó la interacción colaborativa infantil entre pares y su vinculación con el desarrollo cognitivo. Según la investigación “la colaboración y el trabajo conjunto con otros en el espacio escolar remiten a prácticas de convivencia democrática y respeto mutuo, básicos para la vida en comunidad”.
Infancia, la importancia de interactuar con otros para el desarrollo cognitivo

Castellaro es doctor en Psicología, becario posdoctoral del Conicet y docente de Psicología de la UNR. Desde el 2008 investiga los procesos interactivos implicados en el desarrollo cognitivo.

Una investigación del Instituto Rosario de Investigaciones en Ciencias de la Educación (IRICE), dependiente de la Universidad Nacional de Rosario (UNR) y del Conicet, indagó en los procesos socio-interactivos implicados en el desarrollo cognitivo y en la construcción del conocimiento en el ámbito escolar formal. El estudio fue llevado adelante por Mariano Castellaro, becario post-doctoral Conicet del Instituto y docente de la cátedra “Metodologías y Gestión de la Investigación en psicología” de la Facultad de Psicología.

“El desarrollo psicológico en general y el cognitivo en particular se basan en los recursos y herramientas culturales proporcionados por las personas significativas que acompañan al niño en las interacciones sociales. Y este proceso ocurre en escenarios específicos, especialmente la interacción niño-adulto y la interacción entre pares”, señaló a Argentina Investiga Castellaro, quien trabaja bajo la dirección de Néstor Roselli, investigador principal del Conicet.

En este sentido, indicó: “Partimos de la base de entender que el desarrollo o la construcción del conocimiento no pueden ser entendidos por fuera de la interacción con los demás. Así, nuestro foco de interés está puesto en la relación entre interacción social y construcción de conocimiento, así como también en las variables intermedias que regulan este vínculo”.

Castellaro aseguró que “desde investigaciones propias y ajenas podemos saber que un niño pequeño, tal vez de un año y medio o dos, ya tiene una tendencia a colaborar con otros y a desarrollar conductas prosociales o altruistas, es decir, colaborar con otro agente de manera desinteresada”.

Para entender las diferencias que planteó este estudio con las ideas tradicionales basadas en una perspectiva individualista del desarrollo, el investigador explicó: “Años atrás, se pensaba que un niño recién se puede nutrir cognitiva y socialmente de la interacción con sus compañeros a cierta edad, por ejemplo a partir de los siete y ocho años, donde el chico adquiere un pensamiento de tipo operatorio, que le permitiría comprender el punto de vista ajeno. A través de investigaciones más recientes se puede ver que el niño también se beneficia con este intercambio en edades más tempranas, aunque a su manera, porque este proceso se sustenta en otra lógica y otra manera de interactuar, acorde a las características evolutivas del momento específico”.

Según detalló el investigador, “este proceso interactivo y colaborativo comienza a complejizarse, sobre todo, con la aparición del lenguaje, a medida que se avanza en edad”. El estudio planteó la importancia del lenguaje y las modificaciones que el mismo provoca. En relación a esto, se explayó: “El gran modificador es el lenguaje. Hay estudios en niños de 14 o 18 meses en los que ya se puede ver cómo logran trabajar con adultos en tareas de coordinación básica, aunque esto se da principalmente en un nivel conductual o de la acción”. Y explicó que “esta función sufre transformaciones cualitativas a medida que empieza a aparecer el lenguaje hacia los dos o tres años de edad. Luego, en correspondencia con la inserción y transcurso del niño por la escuela primaria, todo este proceso adopta una mayor complejidad”.

“El niño es capaz, a partir del lenguaje, de regular su propia acción, es decir, postergar algo en función de un objetivo, y a la vez regular su relación con el otro. Es decir, puede pensar lo que le pasa al otro y en función de esa anticipación del estado mental del otro, coordinarse mejor en esa tarea”, sostuvo Castellaro.

Además, el estudio destacó el rol fundamental que tiene el ámbito escolar, lugar donde formalmente comienzan a implementarse, en mayor medida, todos estos encuentros cotidianos. Y, en este contexto, el investigador destacó que “lo que más nos interesa es el encuentro entre pares, el intercambio entre iguales”.

De esta manera, puntualizó: “Lo normal en la escuela es que el docente transmita y sostenga al alumno en la tarea de enseñanza/ aprendizaje. Pero esta relación es asimétrica: por un lado, asimetría de conocimiento, porque el docente posee un conocimiento que el alumno no tiene; por el otro, asimetría de estatus social porque culturalmente el docente tiene asignado ese rol de guía”.

Y agregó: “Lo que queremos destacar es que, paralelamente a la función del docente hay una relación de carácter simétrico, clave en el desarrollo y en el aprendizaje, que es la relación con los iguales que comparten con el niño el día a día en la escuela. Hay pequeñas distancias cognitivas entre los niños que permiten que uno pueda ayudar al otro, ser soporte de otro en algunos aspectos y viceversa. Y esto es tan motivador del aprendizaje como la tradicional relación con los docentes. Por supuesto, no se trata de sustituir una matriz interactiva por otra, sino que es un complemento, el rol del docente sabemos que es clave”.

Para el investigador, la idea de la interacción social con los pares es fundamental en lo que hace al desarrollo: “Un niño no aprende solo, la interacción con el adulto es clave. Pero al mismo tiempo no se puede dejar de considerar el otro campo, que es la relación con los pares. Incluso, también es interesante el estudio de situaciones sociales intermedias a la establecida con el adulto y con los pares, como lo es la tutoría entre niños. En ese sentido, podría tratarse de tareas escolares específicas de trabajo conjunto entre alumnos de diferentes edades o cursos, dentro de la escuela primaria o secundaria”.

“En la actualidad, disponemos de un conjunto de investigaciones, empíricamente fundamentadas, que nos permiten concluir en el sentido anteriormente mencionado. En síntesis, la coordinación social con los demás y los procesos colaborativos constituyen un aspecto esencial de la vida humana. Esto no sólo por sus implicancias en relación al desarrollo cognitivo y la construcción de conocimientos, sino porque los procesos colectivos y coordinados socialmente constituyen la base de las instituciones y de la vida social en general. En ese sentido, la colaboración y el trabajo conjunto con otros en el espacio escolar también remiten a prácticas de convivencia democrática y respeto mutuo, elementos básicos para la vida en comunidad”, concluyó el investigador.

Victoria Arrabal
Universidad Nacional de Rosario

Secretaría de Comunicación y medios Dirección de Prensa
vicarrabal@hotmail.com
www.unr.edu.ar


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