Universidad Nacional de Quilmes - Departamento de Ciencia y Tecnología

15 de Enero de 2018 | 5 ′ 23 ′′




Entrevista a Luis Wall, director del Laboratorio de Biología de Suelos. "Se debe impulsar una agricultura basada en un mayor desarrollo de la biología del suelo. Ello implicaría, entre otras cosas, reducir la emisión de gases de efecto invernadero, porque el problema de la agricultura sólo se soluciona con mejor agricultura", afirma.

“Mientras que en el planeta somos siete mil millones de habitantes, en un gramo de suelo hay 10 mil millones de microorganismos. Como si fuera poco, de esa cifra es posible identificar un millón de comportamientos diferentes”, señala Luis Wall, Dr. en Ciencias Bioquímicas (UNLP) y docente investigador en la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ). En esta oportunidad, Wall explora las insondables rutas del suelo, una caja negra que –aunque es desconocida por los seres humanos– desborda de vida. Además, devela cómo funcionan los lenguajes de la naturaleza: plantas que se comunican con microorganismos a través de lenguajes muy particulares y establecen consensos y límites. Y, por último, reflexiona acerca de la agricultura y el Estado.

-¿Qué implica estudiar las interacciones biológicas?
-Se trata de concentrar la atención en los vínculos que se producen tanto entre microorganismos y plantas, como entre microorganismos entre sí. Se relaciona con aprender de qué manera se comunican y los lenguajes que utilizan los organismos para transmitir información y reconocerse. De este modo, se producen intercambios de señales químicas.

-En este sentido, ¿todos los microorganismos comparten el mismo lenguaje?
-No; por ello, cuando las plantas se asocian con microorganismos aprenden, por un lado, a hablar su mismo lenguaje y a establecer relaciones de beneficio mutuo (simbiosis); y, por otro, cuando las plantas quieren dejar fuera de la conversación a ciertos microorganismos, aprenden el lenguaje de otros para interferir las comunicaciones.

-¿Para qué se comunican? ¿Con qué propósito?
-Básicamente por un sentido evolutivo: aquellos organismos que se adaptan mejor al medio se conservan más en el tiempo. En paralelo, a los científicos nos sirve para comprender la complejidad del mundo biológico y para manipular esos sistemas en favor de la obtención de resultados que le interesan al ser humano, como puede ser la producción de alimentos, el desarrollo vegetal, los tratamientos para enfermedades.

-De modo que los científicos, a su vez, aprenden este tipo de lenguaje con el objetivo de promover la comunicación entre plantas y microorganismos o bien interferirla…
-Exacto. Los biofertilizantes, en este sentido, representan grupos de bacterias que se han podido aislar y cultivar desde el laboratorio. A partir de ellas, es posible generar productos que son susceptibles de ser aplicados en diversas situaciones. Por ejemplo en cultivos, porque algunos microorganismos favorecen la nutrición de nitrógeno y fósforo de las plantas. De este modo, se los conoce como “biofertilizantes” porque de alguna manera reemplazan a la solución química.

-¿Desde hace cuánto tiempo se utilizan a las bacterias para el control biológico?
-Se comenzaron a discutir estos temas a partir de los ochenta, en estrecho vínculo al estudio de diversos problemas como las guerras y las hambrunas. Previamente, con la Crisis del Petróleo, a fines de los sesenta y principio de los setenta, emerge el problema de sostener la producción agrícola mediada por un elevado costo de los fertilizantes. Entonces, comienza a abordarse a nivel internacional un problema central: de qué modo la fijación biológica que transforma al nitrógeno en proteínas puede ser utilizada en la agricultura. Hoy sabemos que es un mecanismo muy curioso que sólo es realizado por bacterias, y que ha atravesado la historia de la vida en la Tierra, ya que es previo –incluso– al proceso de fotosíntesis. En efecto, se desarrollaron importantes estudios en soja, otras leguminosas y árboles.

-Para ganar independencia de los fertilizantes químicos.
-Claro, porque el suelo no es un florero, donde las plantas siempre crecen si les agregamos los fertilizantes. Ello corresponde a un modelo químico de la agricultura en que son educados los ingenieros agrónomos, que favorece –desafortunadamente– la producción agrícola con base en agroquímicos.

-Entonces, ¿de qué manera Argentina podría producir a gran escala sin la necesidad de utilizar los agroquímicos?
-Se requiere de un cambio de paradigma de todo el sistema, pero creo que es posible. En este marco, se debe impulsar una agricultura basada en un mayor desarrollo de la biología del suelo. Ello implicaría, entre otras cosas, reducir la emisión de gases de efecto invernadero, porque el problema de la agricultura sólo se soluciona con mejor agricultura. Se deben compatibilizar los grandes niveles de producción con la necesidad de conservar los recursos.

-El famoso “desarrollo sustentable”…
-Por supuesto; es una palabrita mágica que significa bastante. Es responsabilidad del Estado poner las reglas para promover este tipo de prácticas. Desde hace mucho tiempo se sabe que la rotación de cultivos, por ejemplo, es imprescindible para que el suelo responda de manera correcta y, sin embargo, en Argentina, debe existir al menos un 90% de monocultivo de soja. En este sentido, el Estado debe promover buenas prácticas, que fomenten esto y, al mismo tiempo, reduzcan, por ejemplo, el uso de agroquímicos. El desafío es realizar una agricultura intensiva sin destruir el suelo.



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