Las plagas del Siglo 21

Universidad Nacional de Córdoba - Facultad

30 de Julio de 2009 |


Las plagas del Siglo 21


Activadas por el calentamiento progresivo de la Tierra y la deforestación de los bosques, enfermedades peligrosas y exóticas atraviesan las fronteras hasta llegar a regiones en las que no estaban presentes. InfoUniversidades presenta un informe de la UNC en el que se analiza cómo se modifica el mapa de las patologías asociadas con el cambio climático y su impacto en Latinoamérica, y explica qué es la “epidemiología panorámica”, un método que emplea satélites para predecir la aparición de nuevos males. Dengue, peste bubónica, fiebre amarilla, chagas, gripe aviar, babesiosis, cólera, enfermedad de Lyme, ébola, marea roja, leishmaniasis, todas ellas patologías que se propagan con la modificación global del ambiente.

Parece que con la globalización de las economías y las culturas mundiales, también se “globalizan” algunas enfermedades letales, pero no por efecto de la expansión del mercado mundial, el uso de internet y otras tecnologías de la comunicación, sino por el calentamiento progresivo de la Tierra.

Enfermedades que parecían erradicadas o controladas y nuevas patologías exóticas provenientes de regiones muy lejanas amenazan hoy a los más diversos países del mundo, e incluso han llegado hasta Argentina. El dengue -que en pocos meses avanzó hasta extenderse, prácticamente, por todo el país- integra una lista de enfermedades peligrosas que llegan de la mano del cambio climático y que, poco a poco, van ganando territorio.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el cambio climático causa la muerte de más de 160 mil personas al año, y estima que ese número crecerá hasta 300 mil en 2030. “El calentamiento del planeta está modificando la geografía de las enfermedades”, advierte Osvaldo Canziani, físico experto en problemáticas medioambientales y Premio Nobel de la Paz 2007 por su trabajo en el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático de la OMS. El científico -que recientemente estuvo en Córdoba invitado por el ministerio de Ciencia y Tecnología de la provincia- explicó que el aumento del calor y la humedad en el mundo está extendiendo las áreas de habitabilidad de los vectores o transmisores (mosquitos y otros insectos) de estas enfermedades, permitiendo que se muevan con facilidad hacia nuevas fronteras. Y no sólo en latitud sino también en altitud. “Hoy hay dengue a 2.000 metros de altura en Colombia, o malaria en Bolivia a 3.000 y aun en Siberia, donde las temperaturas son muy bajas”, ejemplifica.

Argentina no queda al margen del calentamiento terrestre. “Nos estamos tropicalizando”, asegura Canziani, y agrega que los inviernos son cada vez más cortos y los veranos más prolongados, con temperaturas mínimas que seguirán ascendiendo. En este sentido, señala que el caso de Córdoba resulta paradigmático: una provincia que fue sede para el tratamiento de enfermedades bronquiales debido a su entorno templado con áreas secas, hoy es húmeda.

Dengue: una crónica anunciada

Con registros de las primeras epidemias en el sudeste asiático y el continente africano, el dengue es una enfermedad endémica en gran parte de los países tropicales, incluyendo a los de Centroamérica. Hasta la década del ‘70 llegaba hasta el límite de Colombia y Venezuela; desde entonces, la patología se extendió
-en su forma más violenta, la hemorrágica- hasta el Cono Sur, abarcando a la Argentina. Llegó empujada no sólo por el calentamiento global sino debido a la deforestación, que eliminó los bosques nativos y, a la par, terminó también con el hábitat de los predadores del mosquito Aedes Aegypti, vector de la enfermedad.

Hasta el 26 de mayo existían 25.805 casos confirmados en todo el país y 1.056 casos sospechosos de acuerdo con el ministerio de Salud de la Nación.

Sobre la prevalencia del dengue, el especialista en enfermedades tropicales formado en Francia y profesor plenario de la Universidad Nacional de Córdoba, Hugo Pizzi, asegura que, en la realidad, esa cifra es muy superior. “Como regla epidemiológica se calcula que, por cada caso contabilizado, por lo menos hay un número igual o mayor no detectado”, explica.

La luz de alerta sobre el progresivo y rápido avance del dengue en la región es anunciada por distintas voces. A través del Informe de Impactos Regionales de Cambio Climático, la OMS advirtió, en 1997, sobre la presencia de esta patología. “Está aumentando extraordinariamente -indica Canziani-. Estimamos que en 50 años va a haber más de tres mil millones de personas infectadas con dengue en el planeta”. El especialista precisó que entregaron el informe a los políticos argentinos, con lo que “estaban advertidos y podrían haber previsto el desenlace que tuvo. El problema es que no lo leyeron y, mucho menos, hicieron algo”, remarcó.

Por su parte, Pizzi recuerda que el primer brote importante en el país (posterradicación) se produjo hace más de diez años en la provincia de Salta. “Fue el primer aviso; los que trabajábamos en el terreno, en el área de epidemiología y con los satélites sabíamos que esto iba a suceder”, asegura, y agrega que en diversas publicaciones (Artrópodos, su impacto en la salud, 1999; Parasitología y micología médica, 1999; Protocoología, 2000 y otros) previene sobre la aparición del dengue junto a otras patologías exóticas, y su impacto en la salud.

Como si fuera poco, los vectores de esta enfermedad no sólo ampliaron considerablemente su “área de influencia”, sino que se hicieron más fuertes y resistentes. Sobre este aspecto, Canziani explica que, cuando aumenta la temperatura, se incrementa significativamente el número de plaquetas (elementos infectantes del virus), con lo que se potencia la capacidad de infección del mosquito.

Mejores condiciones ambientales para su propagación, mayor resistencia a insecticidas y otros compuestos químicos, y carga virósica en aumento. Así, la denominada “enfermedad rompe-huesos” (debido a los dolores que ocasiona) parece haber llegado para quedarse. En este sentido, Canziani es categórico: “No vamos a poder eliminar el dengue”, afirma.

La docena mortal

En noviembre de 2008, la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza difundió un informe en el que se dan a conocer doce enfermedades letales que incrementarán su incidencia entre la gente y tienen un enorme potencial de expansión causado por el cambio climático. La publicación, conocida como “la docena mortal”, enumera una lista de enfermedades que impactarán en la salud, la naturaleza y también en la economía global, y tienen en común ser graves, transmisibles y afectar tanto a animales como a humanos.

Los doce nombres son: gripe aviar, babesiosis, cólera, ébola, parásitos intestinales, enfermedad de Lyme, peste bubónica, marea roja, fiebre de Rift Valley, enfermedad del sueño, tuberculosis y fiebre amarilla.

Consultado por InfoUniversidades sobre esta nómina, Canziani apunta que, para el caso de Latinoamérica, la lista divulgada por la organización resulta incompleta y se deben incluir otras patologías que golpean de lleno a esta parte del planeta, que no son tenidas en cuenta en estos “informes internacionales estandarizados”. Para el físico, la “lista regional” debería contener flagelos como el chagas, la malaria, la schistosomiasis y la leishmaniasis, ya presente en varias provincias argentinas. En el espectro epidemiológico menciona también a hongos venenosos mortales, originarios del sudeste de Brasil (parasitoides brasiliensis), que llegan al país a través del movimiento de camiones.

En tanto, Pizzi señala como ejemplo de enfermedades que desembarcaron en el suelo argentino estimuladas por el cambio climático a la encefalitis de Saint Louis que, proveniente de Missouri (EEUU), llegó de la mano de las aves migratorias y es transmitida a los seres humanos a través de la picadura de mosquitos (Culex, la especie más común en Argentina). A ello agrega la fiebre de las montañas rocallosas, una de las patologías más graves y más reportadas en Norteamérica que, según el especialista, habría ingresado al territorio nacional por la puna jujeña. En este caso, la enfermedad es causada por bacterias que contagian a los humanos por medio de garrapatas infectadas.

Pelados

Parece obvio que una de las herramientas necesarias para combatir enfermedades cuya propagación mundial está directamente vinculada con el calentamiento terrestre sea, precisamente, el estudio del medio ambiente. Sin embargo, ¿cuál es el conocimiento de la situación ambiental argentina? “Acá no se mide nada, faltan datos ambientales”, subraya Canziani, y hace extensiva la ausencia de estadísticas fidedignas para toda la región: “En Latinoamérica nunca tuvimos un estudio serio, estamos pelados. Tenemos una idea remota de lo que sucede”. En esta línea, el científico destaca que la primera medida a poner en marcha es “medir todo esto, porque lo que no se mide no se puede conocer, ni mucho menos enfrentar”.

Para graficar hasta qué punto afecta la carencia de información, el especialista comenta las dificultades que tuvo la OMS -de la que fue director regional para Latinoamérica durante 13 años- al intentar obtener datos para desarrollar proyectos sobre enfermedades y cambio climático, debido a que los médicos no trabajan con estadísticas que vinculen las patologías con el clima.

Otro tanto ocurre con respecto al manejo de los recursos hídricos y el aumento de la temperatura (es sabido que el agua “rinde” menos a valores elevados). Una excepción parece ser el sector agrícola, que ya en 1997 publicó un informe presentado a la Convención de Cambio Climático en el que se estudió el comportamiento de los cereales (como el maíz, trigo, cebada, arroz y girasol) que perderán productividad debido a las altas temperaturas. Salvo la soja -que tiene la cualidad de no ser afectada-, la producción en general caería entre un 14 y 20 por ciento, si no se aumenta el área sembrada.

La responsabilidad de generar estadísticas medioambientales corresponde, en opinión del experto, tanto a los gobiernos como a las empresas privadas que explotan los recursos naturales, quienes deben proveer de mejor información ambiental, asegurando que cada provincia conozca su meso y microclima, sus recursos hídricos, su nivel de contaminación y hasta la distribución de sus residuos urbanos e industriales, para saber de qué manera se afectan las napas.

Satélites “sanitarios”

Una de las maneras de conocer el medioambiente es a través del uso de satélites. El Instituto de Altos Estudios Espaciales “Mario Gulich” -creado por un convenio entre la Universidad Nacional de Córdoba y la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (Conae)- se dedica al desarrollo de proyectos orientados a la aplicación de tecnología e información espacial. En particular, hace hincapié en la generación de herramientas que sirven para el manejo de emergencias naturales, entre las que las vinculadas a la salud humana constituyen un campo de estudio específico. Se trata del área de “epidemiología panorámica”, que utiliza la información suministrada por los satélites para predecir la aparición de enfermedades, como el hantavirus, el dengue, el mal de Chagas y el paludismo, entre otras. “Desde el espacio se pueden analizar las condiciones ambientales que influyen en la propagación de diferentes patologías”, explica Carlos Marcelo Scavuzzo, jefe de la unidad de Consultoría en Aplicaciones Espaciales de Alerta y Respuesta Temprana a Emergencias de la Conae.

¿Cómo funciona esta tecnología? Los sensores montados sobre los satélites ofrecen información complementaria acerca de distintas variables del entorno: temperatura, humedad, cantidad de agua, vegetación, nivel del territorio y otros. Al relacionar esos datos, se puede armar una especie de mapa de las zonas de riesgo de enfermedades cuyo desarrollo y dispersión están íntimamente relacionados con el medio circundante, a fin de poder prevenirlas. “El objetivo -destaca- es generar cartografía de riesgo que sea predictiva, tanto en el espacio como en el tiempo, de la aparición de ciertos brotes de enfermedades y epidemias”. Así, sumada a otros métodos, la epidemiología panorámica funciona como una herramienta de vigilancia sanitaria.

Por otra parte, la información obtenida tiene diversos destinos: ministerios de Salud de la Nación y de diferentes provincias, centros y universidades nacionales, y desarrollo de proyectos interinstitucionales sobre numerosas problemáticas, como leishmaniasis, hantavirus, malaria, contaminación de aire y agua, y emergencias sanitarias, entre otras.

Sin embargo, el científico aclara que el Instituto Gulich -referente en el área de epidemiología satelital en Latinoamérica y reconocido a nivel mundial- produce resultados científicos que todavía no pueden ser aplicados a un sistema operativo de alerta y vigilancia. “No es una tecnología que hoy esté operativa en ningún lugar del mundo, hay muchos ejemplos científicos y muy pocos ejemplos concretos sobre el uso de estas cosas”, comenta.

Justamente, la posibilidad de crear un sistema completo de control está comenzando a ponerse en marcha. “Estamos trabajando en la formulación conceptual de un sistema multisectorial de vigilancia, el que debe estar manejado por un consorcio internacional que permita abordar la problemática desde todas sus vertientes”, adelanta, y añade que luego será necesario “presentar y discutir la propuesta en los distintos niveles”. Además, menciona que este consorcio estaría integrado por diversas instituciones, como agencias espaciales, organismos de salud, centros de investigación entomológicos y organizaciones intergubernamentales, entre otras.

Un caso de epidemiología panorámica aplicada

En el Centro de Investigaciones Entomológicas de la UNC se llevan a cabo estudios sobre insectos transmisores de enfermedades, entre otros trabajos científicos. Para ello, se utilizan datos climáticos (suministrados por el Servicio Meteorológico Nacional) como temperatura, humedad y precipitaciones, así como imágenes satelitales (provistas por la Conae) que son procesadas para extraer la información (temperatura de superficie, índice de vegetación y de agua entre otros) que permitirá entender el ambiente donde se desarrollan los vectores. Además se emplean trampas diseñadas para que las hembras del mosquito depositen sus huevos.

El objetivo es generar modelos predictivos que sirven para estimar la abundancia del vector en una determinada región y permiten anunciar qué va a pasar con la población de este insecto en el futuro. De esta manera, se pueden tomar medidas de control antes de que la situación alcance niveles críticos.

El modelo desarrollado por Estallo, junto con el equipo de especialistas del centro entomológico, fue validado en la realidad: uno de los principales resultados de la tesis identificaba las zonas de mayor riesgo en el sur y centro-este de Orán, exactamente los mismos sectores donde comenzó el brote registrado este año.

Para llegar a esta conclusión, se colocaron ovitrampas al azar distribuidas en toda la ciudad salteña, a partir de cuyos resultados se realizaron análisis espaciales estadísticos y se confeccionó un mapa de las zonas en las que hay mayor actividad del vector y, por lo tanto, donde es prioritario aplicar acciones preventivas.

La experiencia de Orán prevé repetirse en Córdoba. A partir de un trabajo conjunto con el ministerio de Salud de la provincia, el centro entomológico realizará muestreos de huevos en las viviendas de los distintos barrios de la ciudad de Córdoba, para lo que ya están trabajando con esa cartera. En opinión del codirector del centro universitario y responsable del área de vectores de enfermedades, Walter Almirón, el dengue puede alcanzar niveles riesgosos para la población de Córdoba y el país. “Estimando los índices de abundancia del vector, que se pueden calcular por el porcentaje de viviendas o de recipientes encontrados que estén infectados en la ciudad, es posible trazar un panorama de cuál es la situación”, explica. El especialista señala que el índice de vivienda detectado este año fue del 25 por ciento, mientras que la OMS advierte que por arriba del 1 por ciento ya habría riesgo, particularmente cuando existe el vector y la población es susceptible. Dos condiciones que están presentes en casi todo el territorio nacional.

Las enfermedades del cambio climático

La Gripe aviaria (o influenza aviar) es una enfermedad infecciosa vírica que afecta a las aves, aunque puede infectar a distintas especies de mamíferos, incluido el ser humano.

La Babesiosis es una dolencia parasitaria transmitida por garrapatas que suele afectar a los animales domésticos, en especial perros. Raramente pasa a los humanos, pero no es descartable.

El Cólera, una enfermedad diarreica muy frecuente en los países en desarrollo, causada por una bacteria presente en el agua. La deshidratación aguda puede llevar a la muerte en pocas horas.

Ébola, provocado por un virus que genera fiebre hemorrágica, altamente contagiosa y que afecta a primates y otros mamíferos, incluidos los humanos.

Los parásitos intestinales, cuya supervivencia se incrementa con las altas temperaturas.

La enfermedad de Lyme es una infecciosa causada por una bacteria transmitida por la garrapata, de muy difícil diagnóstico.

La Leishmaniasis se transmite por un flebótomo (insecto), es habitual en Asia y África pero no existía en Argentina -ya se registraron casos en varias provincias-. Las manifestaciones clínicas van desde úlceras cutáneas hasta inflamaciones severas del hígado y el bazo, en sus formas fatales.

La Peste bubónica es una de las formas de la peste, enfermedad infectocontagiosa que afecta a animales y humanos y se considera una de las más antiguas y agresivas de las patologías bacterianas.

Otras son la fiebre del valle del Rift, enfermedad del sueño, tuberculosis humana y bovina, y fiebre amarilla.

Cazando huevos

Uno de los indicadores que se tienen en cuenta para estimar la población del Aedes Aegypti (no para otras especies) es la cantidad de huevos que pone la hembra del mosquito, para lo que se colocan trampas distribuidas al azar en los jardines de las viviendas y otros sectores seleccionados, que son reemplazadas periódicamente. El número de huevos es un indicador de la actividad del mosquito.

En coordinación con el ministerio de Salud de la provincia, el Centro de Investigaciones Entomológicas de la UNC prevé aplicar esta metodología en los distintos barrios de la ciudad de Córdoba para determinar las zonas potencialmente más peligrosas.

Cómo funcionan

1. Las trampas (tarros de plástico) son llenadas con agua previamente preparada con pasto seco macerado durante una semana. El agua actúa como atrayente para las hembras.

2. Para colectar los huevos, se coloca una tira de papel (tipo madera) en la pared interior del recipiente, sobre la que los mosquitos ponen los huevos.

3. Las trampas son ubicadas en distintos lugares de las viviendas y sectores en los que se quiere determinar la abundancia del mosquito, durante una semana.

4. En la tiras de papel quedan adheridos los huevos, que luego son retirados. El número de huevos colectados es un indicador de la actividad del mosquito.

Andrés Fernández
comunicacion@rectorado.unc.edu.ar
Candela Ahumada
Prosecretaría de Comunicación Institucional


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