Universidad Nacional de Río Cuarto - Facultad de Ciencias Humanas

01 de Marzo de 2021 | 11 ′ 45 ′′


Terapia canina para niños con parálisis cerebral



Los perros pueden convertirse en sorprendentes socios del terapeuta en la neuro-rehabilitación de la parálisis cerebral. Así lo comprobó la investigadora Adriana Galfré, a partir del estímulo de una perra gran danés en la terapia. La especialista confirmó el aporte significativo en los casos de cuatro niños con problemas motrices severos. Se observaron cambios conductuales con respecto a la atención, el interés, la conexión con el entorno y la comunicación.

Comprobados están los efectos positivos que tiene la compañía de los animales sobre los seres humanos. Y desde siempre se valora la ayuda de los canes en la vida de las personas.

Adriana Galfré, fisioterapeuta, licenciada en Kinesiología y Fisioterapia y magíster en Neuropsicología, con más de 30 años de experiencia en trastornos neuromotores, confirmó que la comunicación humano-animal es un instrumento valioso en el tratamiento de niños con parálisis cerebral. El estímulo de una perra gran danés en la terapia resultó un aporte significativo en los casos de cuatro niños con problemas motrices severos.

Ahora, los resultados de su estudio de caso, con replicación clínica, cobraron forma de libro. Es una publicación de 192 páginas. “Mírame. Terapia asistida por animales en niños con parálisis cerebral”, es el título de este libro que se presentó en la Biblioteca Juan Filloy de la UNRC. Es el producto de la tesis de maestría de Galfré, en la que demuestra la importancia del trabajo con animales para la estimulación psicocognitiva en niños con parálisis cerebral.

Estos chicos con discapacidad recibieron terapia asistida con perros. Fueron tres varones y una nena con diagnósticos de parálisis cerebral, quienes interactuaron con la gran danés llamada Neni. Alegre y cariñosa, esta perra de gran porte se convirtió en una eficiente “coterapeuta”. Se integró rápidamente y estableció vínculos afectivos con los pacientes, a los que sorprendió más de una vez con su naturalidad animal, los besó otras tantas, y, sobre todo, captó su atención. Comió para ellos, se dejó acariciar todo el cuerpo, y se entregó a una labor por demás valiosa. Aunque impedidos de la palabra, ella y los chicos expresaron sus emociones.

Fue una exploración intramuros. Un trabajo de consultorio que permitió demostrar que la inclusión de un animal en la sesión de terapia física de niños con problemas motores, sensoperceptivos y comunicacionales severos pudo favorecerlos en el desarrollo de dispositivos básicos para el aprendizaje. La presencia de la perra en la terapia física incidió positivamente. Los chicos mejoraron el rango de motivación a lo largo de toda la intervención. Y eso incidió favorablemente en ese aspecto del aprendizaje.

El animal enriqueció la comunicación entre los niños y la terapeuta. Surgieron expresiones gestuales y orales referidas a la perra. En todos los casos, la presencia del animal influyó efectivamente sobre la fijación visual. Los pacientes mejoraron su capacidad de seguimiento con la vista. La inserción de Neni estimuló las funciones óculo-motrices en general.

“Se observaron cambios conductuales relacionados con una mayor atención, captación y seguimiento visual, una apertura de los canales sensoperceptivos que, en su conjunto, favorecieron una mayor conexión con el entorno y que tienen un canal de salida: la comunicación en cualquiera de sus formas conocidas”, señala en su libro la investigadora. La interacción con la perra en el desarrollo de la sesión kinésica influyó favorablemente sobre la motivación hacia la actividad propuesta.

Un eje importante de análisis fue la estimación del tiempo de fijación y seguimiento visual, tomados como indicadores de la captación de un estímulo, de atención.Y se analizaron los intentos de control cefálico (elevación y sostén activo de la cabeza) ante la presencia del estímulo, relacionándolos con la intencionalidad de prestar atención y mirarlo.

Adriana Galfré le dedicó su libro al médico veterinario Adrián Alcoba, fallecido a fin del año 2018, quien fue un reconocido docente de la carrera de Veterinaria de la UNRC, en la Especialización en clínica médica en perros y gatos. Él dio el puntapié inicial que embarcó a la investigadora en este estudio y registró las fotos de estos niños con parálisis cerebral, en la terapia que llevó a cabo Galfré junto a su perra Neni.

Hubo un aprendizaje sostenido

Galfré realizó un estudio de caso con replicación clínica en cuatro niños que concurrían a su gabinete de neuro-rehabilitación kinesiológica. Fue un trabajo de cinco años en la búsqueda de una mejor calidad de vida para los pequeños con parálisis cerebral. Este fue el tema de investigación de su tesis con la que alcanzó el título de magíster en Neuropsicología.

Se observaron conductas tales como la motivación, la atención, la comunicación y las funciones óculo-motrices. “Hice un seguimiento de caso y una replicación clínica, que implicó repetir el procedimiento. Trabajé con una nena y tres varones, de entre 3 y 4 años. Todos niños con parálisis cerebral severa, cuadripléjicos. Si bien no eran iguales, sí tenían en común que eran dependientes totalmente de sus familias, que no tenían control visual; tenían alteraciones importantes; no tenían lenguaje oral, sólo gestual; no sostenían bien la cabeza; uno solo podía sostenerla un poco más, los demás no. Eran niñitos completamente dependientes de las personas que los cuidaban y con severos problemas motores, sensoperceptivos y comunicacionales”, comentó a Argentina Investiga Galfré, quien incluyó al animal dentro de la sesión de kinesiología, con los pacientes con los que hacía tratamientos de neuro-rehabilitación.

“Pude comparar el tratamiento convencional que yo hacía con estos chicos con otro similar, en el que la única variable modificada era el estímulo; pasábamos de un perro de juguete a uno de verdad”, explicó la investigadora.

Y siguió: “Los niños estaban en el mismo lugar, trabajábamos en la misma colchoneta, pero durante un mes lo hicimos con un perrito de juguete –manchado de blanco y marrón, que imitaba a un San Bernardo, de felpa, con un cascabel y una tira, con la que se lo alejaba y acercaba. Después de un mes, retiré el juguete e ingresé la perra. La investigación duró cuatro meses. Trabajamos con el juguete, después con la perra, luego volvimos al juguete y terminamos el último mes con el animal”.

“Fueron cuatro etapas. A la primera se la consideró como la línea de base, la línea normal de aprendizaje del niño. Las modificaciones debían suceder en las siguientes etapas. Las observaciones se hicieron cada 15 minutos y se filmaron. Por cada chico hubo 16. Esas imágenes fueron analizadas a partir de una grilla de observación, con las variables previstas”, explicó Adriana Galfré, al tiempo que acotó: “Mi hipótesis era que podían cambiar desde un aspecto neuropsicológico. Buscaba saber si podía producirse alguna modificación en los dispositivos básicos del aprendizaje”.

La terapeuta señaló: “Hay una teoría neuropsicológica, de Azcoaga, que dice -en referencia al aprendizaje escolar- que cuando el niño entra a la escuela tiene que tener dispositivos básicos para poder aprender, que son la motivación, sus canales sensoperceptivos, el equilibrio afectivo emocional, la memoria, el lenguaje. Yo tomé la motivación; también la atención, y para saber si el niño estaba prestando atención observaba si podía sostener la cabeza y si buscaba mirar el objeto. Y en cuanto a la sensopercepción, me centré en funciones visuales básicas como son la fijación –poder sostener la mirada durante algunos segundos en un objeto–, el seguimiento visual y el rastreo, exploración o búsqueda del objeto de interés. Y lo otro fue la comunicación”.

La autora de esta publicación contó: “Se fue estableciendo un lazo afectivo y particular entre el animal y cada uno de los niños. Se pudo ver y graficar el nivel de respuesta de cada chico. Hubo un aprendizaje sostenido, no se retrocedió en ningún caso. Se vio el nivel de respuesta en cada chico y en cada una de las variables evaluadas”.

Galfré destacó: “Es importante seguir investigando y seguir buscando canales para poder llegar a este tipo de problemáticas. Los casos de parálisis cerebral no han disminuido. Han cambiado. Ahora tenemos niños con parálisis cerebral severa que antes no se veían, porque fallecían; ahora la tecnología les da vida; son chiquitos de muy bajo peso al nacer, que nacen con problemas pero que ahora viven. Aunque con muchos déficits”.

“Que el niño sea feliz”

“El objetivo siempre debe ser que el niño sea feliz. Que en lo que tenga de vida sea feliz. Si bien va a tener que ir a terapia, porque su condición física es complicada y, a veces se necesitan muchas terapias y durante mucho tiempo, que desee hacerlo. No debe perderse de vista que hay que procurar que sea feliz. Es importante que tenga deseos de ir a la terapia”, insistió Adriana Galfré.

“Creo que la presencia de un animal, como es un perro en este caso, contribuyó a esa felicidad. Uno de los cuatro niños empezó a tener un poco de oralidad a partir de esto. Y las familias y los otros terapistas confirmaron la existencia de cambios positivos”, puntualizó.

Sin embargo, advirtió: “No es que todas las terapias deban incluir un perro. Sí puede ser una alternativa, cuando hay un objetivo claro, porque si no, no es terapia asistida. El hecho de tener una mascota es fantástico, pero no es lo mismo que una terapia asistida por animales. El terapeuta se propone unos objetivos específicos y trabaja sobre eso”.

Y acotó: “Es muy enriquecedor, porque el animal es impredecible. Se le ocurren cosas que no haría la terapeuta. Y esa chispa saca al paciente de la rutina, de la conducta repetitiva”. Sobre su compañera, Galfré dijo: “Era una perra gran danés. Blanca con manchas negras y grises. Yo había tenido esa raza y sabía que eran muy dóciles con los chicos, muy protectores. Visualmente muy atractiva; y su piel muy suave”.

Contó que la perra fue adquirida para este trabajo. Y que a los tres meses comenzó a participar de esta experiencia en el consultorio, junto con su dueña. “Al principio se movía para todos lados. Pero en la segunda etapa en la que le tocó participar, iba y se echaba al lado de los chicos. Yo le ponía a los nenes arriba, hacíamos caballito, le pasábamos por todos lados, le dábamos de comer. Y ella se quedaba ahí quietita, al lado de los pacientes”, narró. Y siguió: “Los chicos la recordaban, y ella a los chicos. La perra reconocía a cada uno. A uno que le gustaba, lo lengüeteaba. Y a otro que no le gustaba, nunca lo lengüeteaba”, dijo entre risas.

Galfré es fisioterapeuta egresada de la Universidad Nacional de Córdoba; desde 1985 se dedica a trabajar con personas con trastornos neuromotores; finalizó su maestría y se recibió de licenciada en Kinesiología y Fisioterapia, ambas en la UNC; y es docente de la carrera de Psicomotricidad de la Universidad Provincial, en la cátedra de Neuropsicología del Desarrollo.


Deolinda Abate Daga


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