El conocimiento argentino en el bicentenario de la Independencia

Universidad Nacional de Lanús - Departamento de Humanidades y Artes

22 de Agosto de 2016 | 9 ′ 49 ′′


El conocimiento argentino en el bicentenario de la Independencia


En esta entrevista con Argentina Investiga, Cristina Ambrosini y Andrés Mombrú, especialistas en Epistemología y Metodología de la Investigación, reflexionan acerca de las relaciones entre la sociedad y el conocimiento científico. “Seguir reproduciendo la idea de la neutralidad del conocimiento resulta contraproducente” afirman los investigadores.

El 9 de julio de 1816 evoca una jornada en la que representantes de las Provincias Unidas confirmaron, en el Congreso de Tucumán, su intención de finalizar con siglos de colonialismo. Hoy, a 200 años, resultan de interés los vaivenes en la construcción del conocimiento científico durante este proceso y cuáles fueron sus diálogos con las naciones que conforman la Patria Grande. Para ello, Argentina Investiga conversó con Cristina Ambrosini (C.A.) y con Andrés Mombrú (A.M.), directora y coordinador académico de la Maestría en Investigación Científica de la Universidad, respectivamente, quienes reflexionaron acerca de las tradiciones, rupturas y nuevos desafíos.

-Desde el bicentenario de la independencia ¿cuáles son los avances en la emancipación de los marcos teóricos vinculados a la construcción del pensamiento científico?
-C.A.: Nuestra tradición como nación es emancipatoria; somos el resultado de una ruptura con los valores del colonialismo para construir valores de autonomía. Pero esa autonomía de 1810-1816 tiene otro significado a la de hoy. Porque toda conquista consolida y cristaliza nuevas formas de dominación y no hay una emancipación de una vez y para siempre. Pero, en síntesis, encontramos valores de autonomía, igualdad y compromiso social. Por su parte, el conocimiento científico tiene ciertos cánones que están ligados a la tradición positivista. El positivismo fue una toma de posición que en el siglo XIX resultó rupturista, porque se impuso a los cánones de la Iglesia y la escolástica. Y posibilitó la idea de la convalidación del conocimiento como un derecho universal. Eso dio pie al surgimiento de nuestras instituciones de enseñanza, que tomaron como objetivo la inclusión. Posibilitó también la democratización del saber, pero en los cánones de su época. Visto a la distancia, podemos decir que fue elitista y, de hecho, no logró ese ideal universal.

-El positivismo como tradición: ¿es un legado con el que hay que romper?
-C.A.: Hoy lo criticable de ese modelo es que sigue reproduciendo la idea de la neutralidad valorativa del conocimiento. Para este pensamiento hay que fomentar la tecnocracia, la especialización y que los especialistas queden aislados. Como si tuviesen que mantenerse como en un reservorio incontaminado, con un prurito de limpieza que aún subsiste con la imagen del guardapolvo blanco del científico. En la actualidad estas ideas resultan peligrosas, porque ese discurso resulta fácilmente instrumentalizado por el neoliberalismo. Seguir reproduciendo la idea de la neutralidad del conocimiento resulta contraproducente. Nuestra labor es que los alumnos se comprometan con los valores que están por detrás de la producción del conocimiento. Y esto tiene que ver con reconocer cuáles son las demandas de la región y de quiénes, con sus impuestos, aportan para que estos saberes se produzcan. Porque la ciencia en la Argentina se hace con plata del Estado y de la sociedad.

-En la academia y entre los intelectuales ¿existe la preocupación por intervenir en los problemas argentinos y de la región?
-C.A.: En los últimos años creció la conciencia de que efectivamente la Universidad no puede quedar enclaustrada en sus logros académicos y de espaldas a lo que sucede a su alrededor. Este fue un debate fuerte hace treinta años y hoy está hasta cierto punto superado. Pero ojo, porque cuando uno hila fino, se filtran estos presupuestos cientificistas que consideran que la ciencia tiene una problemática propia y que no tiene que contaminarse. Hay una región que es inexpugnable y es el reducto de los productores de este tipo de conocimiento. Pero para nosotros esto es al revés, es necesario salir de ese enclaustramiento y entrar en contacto con la sociedad, con sus problemáticas y la región.

-¿Cómo deben aportar las universidades para la consolidación de un proyecto nacional y latinoamericano emancipador?
-C.A.: Un aporte importante es retomar la idea de que las naciones latinoamericanas son plurinacionales, como ya lo han reconocido Bolivia y Ecuador. Nosotros todavía seguimos dominados por la idea de que tenemos una identidad y que hay que preservarla. Eso ya es un obstáculo para entendernos como latinoamericanos, porque en nuestra región no hay una identidad, sino muchas. Y todas ellas tienen algo que aportar. Por ejemplo, somos cómplices de un conocimiento que hace un uso depredatorio de la naturaleza. Devenidos en apropiadores, nos vinculamos con ella como si fuera un insumo disponible para hacerla rentable, a pesar de que gran parte de nuestros problemas tienen que ver con eso. Como parte de la cultura latinoamericana deberíamos tener una mirada más abierta hacia los valores de las culturas originarias, porque ahí hay un saber hacer cosas que en nuestros modos no se contempla y que pueden enriquecernos. Y la noción de que la ciencia occidental es la mejor forma de conocimiento es un prejuicio y un etnocentrismo que hay que revisar. Esto implica repensar lo que consideramos sano, hasta la relación con la muerte y el vínculo con los animales, entre otras cosas.

-¿Qué legado nos deja Oscar Varsavsky?
-A.M.: Nuestra línea como investigadores es la de Varsasky y la idea de que la ciencia debe ser comprendida y social. Los enunciados teóricos de este autor datan de la Argentina de los años setenta y podemos vincularlos a una polémica que sostuvo con epistemología de Sudamérica.">Gregorio Klimovsky. Este debate histórico representó no sólo dos concepciones epistemológicas, una rupturista, otra tradicionalista, una vinculada al cientificismo y la otra al anti-cientificismo, sino también dos proyectos políticos diferentes de país.

-¿Cómo se vinculan esos valores con la Universidad?
-A.M: Hay que revisar la actividad científica y académica en la Universidad. De qué modo se apuesta a determinadas transformaciones o se reproducen ciertos órdenes. Reproducir una ciencia concentrada y elitista conserva esta idea que tienen algunos del derrame, que es equivalente a decir: ‘Aquí está la ciencia y los hombres de ciencia que no son egoístas, sino que piensan que la ciencia debe derramar hacia la sociedad’. Pero aparecen otros enfoques que rompen con esta idea y nosotros nos sentimos parte de ellos. Porque no es que los científicos otorgan graciosamente al pueblo el conocimiento para que éste lo utilice en su beneficio, sino que todos juntos contribuyen a esa producción de conocimiento. Hacer difusión científica no es lo mismo que hacer ciencia socialmente. Es necesario que la producción de conocimiento sea interdisciplinaria y esto tiene que ver con no asistir con resultados, sino pensar en la producción conjunta de conocimiento. Y para esto hace falta una integración entre las distintas ciencias, pero también entre las ciencias y otros actores sociales y de la comunidad.

-En el avance de una ciencia social y comprometida ¿cuáles son los desafíos que hay que atravesar?
-A.M.: Los nuevos desafíos tienen que ver con resistir nuevas formas de dominación, y esto se da también en el campo de la construcción científica. Varsavsky hablaba del peligro de los dinosaurios, y se refería a esa gente que forma parte del campo científico pero que piensa en relación a otro contexto y a otros parámetros. Varsavsky lo que plantea es justamente la necesidad de la politización de la ciencia, en esta idea anticolonialista que implica que nuestros problemas requieren de una atención especial por nosotros mismos. Tenemos que resolverlos nosotros porque somos los mejores conocedores de nuestra realidad. Entonces, allí aparece la idea de una ciencia emancipatoria y profundamente politizada. Porque, como bien decía Varsavsky, la ciencia no produce todo tipo de conocimiento, sino el conocimiento que el sistema le impulsa a producir. Entonces, la pregunta es: ¿en qué sistema está la ciencia hoy? Por eso la lucha por el conocimiento no puede ser distinta de la lucha por un tipo de sociedad. Esta disputa entre la ciencia autónoma, social y comprometida y la ciencia especializada y vinculada al derrame, la vemos como un problema en el cual buscamos intervenir.

-¿Y cómo se hilvana todo esto con el bicentenario?
-A.M.: La independencia tuvo que ver con la lucha por otras formas de inclusión y de reconocimiento de sectores que el colonialismo marginaba como mestizos y criollos. Después, el centenario marca otras formas de colonialismo de las cuales también se plantea la emancipación. Y las luchas de los pueblos son disputas que tienen que ver con esas emancipaciones, que implican diferentes tipos de inclusiones. Hoy, esto tiene que ver ya no por el reconocimiento de que un mestizo puede tener los mismos derechos que un blanco, sino que alguien que es un actor social y no un productor científico sea parte activa de la producción social, que incluye también la ciencia. No que la ciencia le dé, sino que él está presente en esa conformación. Esto tiene que ver con la dimensión inclusiva que necesitamos y que muchas veces hace cortocircuito dentro de las propias universidades.

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