Universidad Nacional de San Juan - Facultad de Ciencias Sociales

25 de Junio de 2009 |




Luego de ser distinguido por la UNSJ con el título Dr. Honoris Causa, el economista Mario Rapoport dialogó con InfoUniversidades y aseguró que es un momento crucial para el capitalismo. Comparó la crisis actual con la gran depresión de los años treinta, y señaló a la inequidad social como la causa de la debacle económica-financiera mundial. El economista también habló sobre la devastación de los recursos naturales, y pronosticó que será cada vez peor si el nivel de producción sigue incrementándose.

Durante la crisis económica mundial de la década de 1930, Keynes escribió “Ensayo en persuasión”, un libro que pretendía influir en los formadores de políticas de aquel momento. Años más tarde, el propio autor diría, reconociendo que su intento terminó en fracaso, que había equivocado el título del libro: “Debió llamarse Ensayo de la profecía” había dicho. La misma sensación que experimentó el afamado economista británico es la que asegura sentir Rapoport hoy cuando relee los artículos y documentos que elaboró años atrás junto a los economistas del Plan Fénix, en los que advertía -sin repercusión alguna en los centros de poder- sobre los atropellos del capitalismo y la proximidad de una crisis de magnitud insospechada en la economía mundial. “Este es el drama de los que en esta profesión pensamos primero en el país” dice. Rapoport no sólo es respetado por su trayectoria académica, publicaciones y “pronósticos” económicos, sino también por su compromiso social.

-Usted comparó esta crisis con un tren que descarriló a toda marcha. ¿Qué consecuencias puede dejarle este accidente a la humanidad?
-La más importante es la necesidad de repensar la historia del capitalismo y ver cuáles son las posibilidades reales de seguir adelante con este sistema monetario internacional.

-¿Cree que este puede ser el principio del fin para el sistema capitalista?
-Para que exista el fin de algo tiene que haber una alternativa para su reemplazo. Alguna vez dije que lo más peligroso que había ocurrido con la caída del muro de Berlín era que la gente creyera que se había caído el mundo para un lado, cuando en realidad se cayó para los dos. Así lo demostraron las innumerables crisis que ha tenido el capitalismo desde la depresión del ‘30. Yo no digo que el sistema esté muerto, pero sí que es un momento crucial. Es momento de reflexionar y darse cuenta que hay cosas por cambiar.

-¿El origen de esta crisis se parece a la del ‘30?
-Sí, el mecanismo de aquella época era tomar deudas como inversiones y pagarlas con nuevas deudas a nuevos inversionistas ilusionados, y eso se tradujo en estafas de todos los que se dedicaron a la venta de productos derivados de fondos de inversión. Eran fondos ‘truchos’ porque no estaban basados en ninguna responsabilidad por parte de los implicados. Lo mismo ocurre hoy con la existencia de los paraísos fiscales y la falta de regulación de la banca de inversiones.

-Pero esta crisis no es sólo financiera.
-Claro que no. El principal problema tiene que ver con la economía real. Si se crean estos mecanismos de sobre endeudamiento, tanto de los estados como de las familias, es porque no existe un verdadero poder adquisitivo para la producción existente. El problema es que hay una superproducción de la economía real, fruto de la gran desigualdad de ingresos, incluso en los países más desarrollados. La dificultad esencial está en lo que llamamos “globalización”, que en realidad abarca una pequeña parte del mundo. La oferta tecnológica más avanzada sólo alcanza a pequeños sectores de la población que no pueden seguir consumiendo. Por ejemplo, un multimillonario no puede tener 50 televisores LCD, no tiene sentido y esto viene aparejado de un agregado muy preocupante que es la destrucción del planeta. La devastación de los recursos naturales será cada vez peor si se sigue produciendo como hasta ahora. Esto lo vivimos en carne propia con el calentamiento global, por ejemplo. Por otro lado existe una crisis alimentaria brutal en una vasta cantidad de países. Es necesario discutir la democratización de las ONU y de los organismos financieros mundiales, que son una especie de oligarquía. Mientras esto no se solucione el sistema no podrá funcionar.

-De todos modos el capitalismo ya dio muestras de sobreponerse a situaciones críticas, a pesar de los pronósticos que anticipaban su fin.
-Pero esta situación es distinta. El capitalismo de posguerra tuvo oportunidad de reponerse porque las guerras dejaron 40 millones de muertos. Eso permitió colocar los excedentes que generó la misma guerra en un mundo que empezó a recuperarse por el interés de Estados Unidos. Por otra parte, porque existía una alternativa en términos geopolíticos que se consideraba peligrosa hacia el Este, ante lo que se creó el Estado de Bienestar.

-¿Es posible una nueva guerra para reciclar el sistema?
-Es que las guerras siguen existiendo, mire lo que pasa en Medio Oriente. Pero creo difícil que haya una guerra global como en los ‘40. Si bien todavía hay dictaduras totalitarias, también es cierto que hay más países democráticos, y eso ayuda a evitar guerras de ese tipo. Además, esto no se resuelve con armas. Lo que hay que hacer es generar políticas para que la mayoría de las poblaciones tengan recursos para vivir en forma digna. No podemos seguir viviendo en un mundo donde poca gente tenga todo y la gran mayoría no pueda acceder a una vivienda y a recursos alimentarios.

-Será fundamental entonces la reacción social para el desenlace de esta crisis.
-Si la situación continúa es posible que haya estallidos sociales en diferentes lugares, como los hubo en la década de los setenta. El problema es que los estallidos por sí no nos llevan a otro tipo de sistema social, porque no existe hoy una alternativa clara sustentada en bases políticas, económicas e ideológicas. El Premio Nobel de economía, Paul Krugman, le escribió una carta al presidente Obama diciéndole que el problema central no era el salvataje de los bancos sino de los propietarios de inmuebles, de los desocupados, de los asalariados de bajos ingresos. Es allí donde hay que gastar el dinero de los contribuyentes, en actividades productivas, de generación de empleos; hay que ajustar los precios para beneficiar a los productores, industriales, etc. Eso estimulará el aparato de producción y la demanda bienes.

-Es decir que el Estado debe asumir un rol protagónico.
-Sin lugar a dudas. La autorregulación de los mercados y la libertad de los capitales es una de las falacias más grandes de los últimos tiempos. No es posible que el mundo marche por sí solo y que los capitales vayan de un lado a otro sin ningún control. Por ejemplo, recién ahora se está hablando de regular el mercado agropecuario cuando siempre estuvo regulado por seis o siete grandes compañías que hicieron ganancias millonarias a costa de los productores y exportadores.

-¿Cómo ve el posicionamiento de Argentina ante la crisis?
-Ha dado pasos positivos. Creo que el canje de la deuda ayudó a liberarnos un poco de esta situación, lo que no quiere decir que no vamos a recibir los golpes de la crisis. Creo que no hay que correr a comprar dólares, porque es la moneda de un país que está peor que nosotros y que hay pensar cómo recrear nuestro mercado interno y ampliar las relaciones con nuestros vecinos inmediatos que tienen nuestros mismos problemas.

Perfil

Mario Rapoport es licenciado en Economía (UBA) y doctor en Historia (Sorbona). Director del Instituto de Investigaciones de Historia Económica y Social (UBA) e Investigador principal del Conicet. También es docente en las facultades de Ciencias Económicas y Ciencias Sociales y director de la Maestría en Historia Económica y de las Políticas Económicas de la UBA. Director de la revista “Ciclos en la historia, la economía y la sociedad”. Es autor de más de 14 libros, entre ellos: “Política y diplomacia en la Argentina: ¿aliados o neutrales?”; “La Argentina frente a la Segunda Guerra Mundial”; “Globalización, integración e identidad nacional” e “Historia económica, política y social de la Argentina”.



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