Universidad Nacional de La Pampa - Facultad de Ciencias Exactas y Naturales

10 de Mayo de 2021 | 18 ′ 11 ′′


Obesidad en la infancia: más allá del sedentarismo y patrones alimentarios no saludables



La obesidad en la infancia, y también en la adolescencia, predice la obesidad en la vida adulta. En entrevista con Argentina Investiga, Marcos Mayer, médico especialista en Nutrición y docente de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UNLPam, se refiere a la postergación de la gratificación y a los factores de riesgo recientemente conocidos y menos explorados que podrían incidir en la ganancia de peso en la infancia.

La obesidad infantil es una enfermedad crónica y, según la Organización Panamericana de la Salud, la Argentina tiene la segunda tasa más alta de obesidad en menores de 5 años de América Latina y el Caribe. La Segunda Encuesta de Salud y Nutrición publicada en 2019 y realizada por el entonces Ministerio de Salud y Desarrollo Social de la Nación, determinó que el 41.1% de la población de entre 5 y 17 años presentó exceso de peso: el 20.7% sobrepeso" data-toggle = "tooltip" title = "Aumento de peso corporal por encima de un patrón dado.">sobrepeso y el 20.4% obesidad. En La Pampa, un estudio realizado en forma conjunta por el Ministerio de Bienestar Social de la Provincia, el Hospital Centeno de General Pico, la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UNLPam, el Conicet y la Fundación CESIM reveló que el 26.4% de las niñas y los niños de 13 años de 29 escuelas de 15 localidades pampeanas presentaba sobrepeso, mientras que en el 14.1% prevalecía la obesidad. Luego de un seguimiento a lo largo de cuatro años, y después de una segunda evaluación, las organizaciones observaron que a los 17 años esta misma población estudiada redujo el porcentaje de sobrepeso, pero se mantuvo estable el porcentaje de obesidad.

La mayoría de los programas terapéuticos y preventivos de la obesidad fueron orientados a corregir lo que la comunidad científica considera sus dos principales factores de riesgo, conocidos como “big two”: sedentarismo y patrones alimentarios no saludables. Sin embargo, existen otros menos tradicionales. El doctor Marcos Mayer, médico especialista en Nutrición, doctor de la Universidad de Buenos Aires, investigador asistente del Conicet en el área Salud y docente de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UNLPam, analiza los factores que predisponen a esta patología, como la desinhibición frente a la comida, la baja ingesta de calcio, el estrés, los modelos parentales, la exposición frente a las pantallas y la duración del sueño.

–¿Cuáles son esos factores de riesgo no tradicionales que inciden en el sobrepeso y la obesidad?
–Cuando hablamos de factores de riesgo no tradicionales, la capacidad para “postergar la gratificación” podría considerarse como un factor protector, es decir, la capacidad para esperar por algo que deseo. Con esto no me estoy refiriendo a decir que no a un gusto ni tener que reprimir un deseo, sino simplemente a poder esperar unos minutos antes de consumar ese deseo en pos de obtener un beneficio superior. Esto puede ejemplificarse con el caso de los niños y las niñas que participaron en el famoso experimento del malvavisco de Walter Mischel, de la Universidad de Stanford, en la década del ‘60, y que ha servido de base para estudios actuales.

El investigador reunió a un grupo de chicas y chicos de cinco años, les dio un dulce y les informó que se quedarían solos durante unos minutos. Luego, les propuso la siguiente consigna: podían optar por comer el dulce en ese momento, o bien esperar a que él regresara, en cuyo caso tendrían como recompensa un segundo dulce que podrían consumir cuando quisieran. Mientras que la mayoría de las niñas y los niños manifestaron elegir la segunda opción (es decir, esperar y obtener la recompensa), sólo tres de cada diez tuvieron éxito en la tarea. Es importante destacar que no se les pedía que dejaran de consumir ese dulce, sino que esperaran unos minutos y, en caso de lograr esperar, cumpliendo con las condiciones que les había impuesto el investigador, iban a tener una recompensa mayor. Tras realizar un seguimiento de los participantes a lo largo de 40 años, se observó que aquellos que habían tenido mayores dificultades para postergar la gratificación tuvieron una mayor ganancia de peso.

-El grupo de investigación que integrás ¿logró reproducir este experimento en La Pampa?
–Tomando como referencia estas experiencias previas, nuestro grupo de investigación realizó un experimento similar a partir de un test por computadora en adolescentes escolarizados de 13 años, en el que pudimos evaluar una variable vinculada a la capacidad de postergar la gratificación, que se llama capacidad inhibitoria. Es una facultad, una habilidad que todos tenemos de poder poner un freno a nuestros impulsos cuando consideramos que es beneficioso para nosotros.

Lo que vimos en nuestra investigación fue que las niñas y los niños que tenían una menor capacidad inhibitoria ganaban peso al cabo de un año, mucho más que quienes tenían un mejor control inhibitorio. Esto es muy interesante desde muchos aspectos. Por un lado, porque el ambiente obesogénico actual en el cual vivimos, esto es un ambiente que promueve activamente la ganancia de peso tanto en las niñas y los niños como en las personas adultas, constantemente nos está invitando a consumar nuestros deseos a partir de gratificaciones inmediatas.
Otro aspecto interesante es que esta capacidad de postergar la gratificación es una habilidad que puede desarrollarse. Es decir, si bien existen variaciones interindividuales (hay personas que naturalmente tienen mayor control de sus impulsos que otras), mediante técnicas bastante simples, que incluso pueden trabajarse a nivel preescolar, en la primaria y en el secundario, podemos facilitar que las niñas, los niños y los adolescentes desarrollen mejores herramientas. En un contexto como el actual, desarrollar esa facultad puede ser algo muy interesante en términos de prevención de la obesidad y de múltiples complicaciones vinculadas a un inadecuado control de los impulsos.

–¿Cómo influye la baja ingesta de calcio en la dieta de una persona en el desarrollo de la obesidad?
–Ese es otro factor de riesgo recientemente descubierto y que puede llevar a la obesidad tanto en la infancia como en la adultez. No se conoce a ciencia cierta cuál es la vinculación exacta que existe entre consumir una baja cantidad de calcio y el incremento de peso, pero lo que sí se sabe es que cuando comparamos a las personas que consumen menos calcio diariamente con las que lo hacen de forma adecuada, comprobamos que las primeras tienden a ganar peso con mayor facilidad a lo largo del tiempo.

Existen algunas hipótesis para explicar este mecanismo que, como dije, no tiene una demostración específica. La más ampliamente aceptada tiene que ver con que el calcio se consume como parte de un alimento, cuya principal fuente son los lácteos. Estos, además de ser una fuente rica en calcio, tienen la capacidad de generar una gran sensación de saciedad. De hecho, lo podemos experimentar cuando excluimos del desayuno la leche o el yogur en comparación a los desayunos en los que incorporamos mate o café. Si estamos atentos a nuestras sensaciones corporales vamos a ver que al consumir un lácteo generalmente ese desayuno o esa merienda nos facilita el mantenimiento de esa saciedad durante un mayor período de tiempo.

Otra posible explicación tiene que ver con un efecto que se ha propuesto para el calcio vinculado al estímulo de un fenómeno que se llama lipólisis, que está asociado al uso de las grasas de nuestro cuerpo como combustible. Al parecer, una ingesta baja en calcio disminuiría el uso de la grasa como combustible y, por consiguiente, favorecería su depósito o el mantenimiento de los depósitos en caso de que estos sean excesivos.

–El estrés, en este siglo, parece estar asociado al desarrollo de enfermedades, ¿influye también en el sobrepeso y la obesidad?
–El estrés es otro factor de riesgo relativamente novedoso. Todos nos hemos visto alguna vez consumiendo un alimento como un medio para regular nuestras emociones. Cuántas veces hemos comido (o sentido la necesidad de comer) un chocolate, un helado o un dulce para premiarnos cuando sentimos necesidad de gratificarnos toda vez que tenemos un mal día. Este es un comportamiento totalmente normal y frecuente. Lamentablemente, algunas personas tienen una tendencia a embarcarse en este tipo de comportamientos, y algo que podría ocurrir con relativa frecuencia pasa a ser parte de un medio habitual del manejo de las emociones.

Ser una persona que tiende a regular las emociones principalmente a través de la comida constituye un grupo de riesgo para la ganancia de peso. También sabemos que existe una variación en el porcentaje de la población que tiene este comportamiento en todas las sociedades del mundo. Si analizamos un grupo en el que por lo menos un 20 o un 30% de las personas tiende a comportare de esta manera, una situación de estrés crónica naturalmente va a favorecer la ganancia de peso, en particular en este grupo vulnerable.

Esto puede deberse a distintos mecanismos psicológicos. Pero un aspecto interesante tiene que ver con los mecanismos neuroquímicos, biológicos, de este comportamiento. Hay un experimento clásico que se desarrolló en roedores hace unos cuantos años, donde sometían a un grado de estrés muy leve a ratones de experimentación. Básicamente, el estudio consistía en colocar en una jaula a un ratón que tenía acceso a dos tipos de alimento: una cajita donde se ubicaba alimento balanceado que consumía el ratón habitualmente y otra caja en la cual se colocaba un alimento denso en energía, un dulce. En condiciones normales el ratón consumía aproximadamente un 70% de sus calorías como alimento balanceado y consumía también un 30% de los dulces como, tal vez, una fuente de gratificación. Lo interesante es que cuando el ratón era sometido a un grado de estrés leve, como someterlo a aislamiento, como el que todos hemos sufrido en el contexto de la pandemia, el ratón invertía la proporción de alimento que ingería. Es decir, consumía un 70% de alimento gratificante y un 30% de alimento balanceado. Esto quiere decir que frente al estrés existe un comportamiento fisiológico, normal, aunque inadecuado, que nos lleva a preferir con mayor frecuencia los alimentos densos en energía que aquellos que no lo son.

–¿Hay más factores de riesgo menos abordados?
–Otro factor de riesgo relativamente frecuente tiene que ver con el papel que tenemos los padres en la alimentación de nuestras hijas e hijos, que se conoce como el modelo parental. Todos nosotros hemos tenido un modelo parental del cual aprendimos a relacionarnos con la comida en forma saludable o no. Algunos padres frente a la negativa de sus hijas e hijos a comer un determinado alimento que consideran adecuado, ceden rápidamente y respetan el 100% las preferencias alimentarias de aquellos, aún cuando estemos hablando de infantes de dos o tres años. Ese modelo se llama modelo permisivo. Este tiende a ser negativo para el aprendizaje de una correcta alimentación.

–¿Por qué?
–Puntualmente porque al no insistir en la incorporación de nuevos alimentos saludables, la mayoría de las niñas y los niños no los prueban hasta no finalizada la adolescencia. Lo opuesto también es negativo, es decir, un modelo autoritario, en el que los padres imponen la alimentación a sus hijas e hijos, sin escuchar la opinión que ellas y ellos tienen al respecto. Este modelo autoritario, paradójicamente, termina siendo tan o más negativo que el modelo permisivo porque lo que fomenta es que el consumo de determinados alimentos se transforme en un acto prohibido y, como suele decirse, lo prohibido a veces atrae un poco más.

–Y entonces, ¿qué es lo que se recomienda desde el punto de vista nutricional?
–Existe un modelo intermedio, que se llama un modelo autoritativo, donde debemos escuchar la opinión de nuestras hijas e hijos y tratar de entender que, quizás, debemos esperar un poco para que empiecen a comer ciertos alimentos u ofrecerlos en menor cantidad, pero sin perder el rol de directores del acto de comer. Somos las personas adultas las que tenemos que decidir cuáles son los alimentos que se ponen en el plato en nuestra mesa. Y, por supuesto, estar atentos a las preferencias de nuestras hijas e hijos, pero no para aceptarlas como un hecho consumado e irreversible sino para actuar de forma razonable y plantear un progreso en la incorporación de los alimentos que estamos convencidos de que pueden ser saludables.

–¿Qué sucede con las personas que están mucho tiempo frente a la multiplicidad de pantallas disponibles hoy en día (de TV, de celular, de computadoras, de Ipads)?
–Ese es otro factor de riesgo bastante reconocido pero difícil de abordar: las horas de pantalla con relación a la ganancia de peso. Hoy sabemos que, a mayor cantidad de horas de pantalla, sobre todo pantalla pasiva, aquella vinculada con ver televisión o jugar a los juegos electrónicos, favorece la ganancia de peso. Existirían múltiples mecanismos que explican esta asociación. La más evidente, desde el punto de vista del sentido común, es la disminución del gasto energético. Sin embargo, parece que la realidad es un poco más compleja y existirían otros factores, otros mecanismos, que vinculan a la cantidad de horas de sueño con la ganancia de peso. En particular, existe un tipo de comportamiento que todos tenemos, conocido como efecto “coach/potato” (sillón/papas fritas). Básicamente, lo que explica esto es que cuando estamos sentados teniendo ocio pasivo, es decir, viendo televisión, aumentamos las chances de que surja el deseo de consumir un alimento palatable, un alimento gratificante, con respecto a cuando nos encontramos haciendo una actividad que requiere de un pensamiento activo, como puede ser, incluso, estar frente a una pantalla resolviendo un problema o teniendo una clase. Durante el tiempo que se extiende esa actividad prácticamente el deseo de consumo de alimentos es nulo.

–Recién mencionaste la cantidad de horas de sueño: ¿cómo se relaciona con la ganancia de peso?
–Estamos pregonando activamente que las niñas, los niños y los adolescentes deben cumplir con un mínimo de horas de sueño, ya que se ha demostrado que el incumplimiento de estas recomendaciones aumenta las chances de desarrollar obesidad. Sin embargo, sabemos que la mayoría de las actividades que nuestras hijas e hijos realizan ocurren dentro de un margen de horario, que de alguna manera hacen imposible que se cumpla con la recomendación de las siete u ocho horas de sueño diarias que exige la Salud Pública. Nos encontramos con actividades deportivas en los clubes que suelen finalizar bastante tarde, lo que lleva a que las familias cenen a las 9 o 10 de la noche. Muchos niños van al colegio bien temprano a la mañana, a las 7 AM, con lo cual, si juntamos esos dos factores, realmente el cumplimiento de las 8 horas de sueño parece ser una tarea bastante difícil de cumplir, salvo los fines de semana. Entonces, una pregunta que nos hacemos es si como sociedad podríamos hacer algo diferente al respecto. Tal vez no, tal vez las limitaciones edilicias, la logística que lleva la organización de las actividades en los colegios y en los clubes hagan imposible otra estructura. Y, en ese caso, tal vez debamos aceptar que no pueda cumplirse con la recomendación de horas de sueño. O tal vez sí sea un factor modificable en el tiempo, que requiere de una planificación, pero hoy existen múltiples evidencias que indican que si se cumple con la cantidad de horas de sueño pautadas para cada edad vamos a tener tal vez una herramienta preventiva mayor que puede contribuir a que nuestros hijos tengan un peso adecuado en la niñez y en la adolescencia.

–¿Qué preguntas de investigación les surgen a partir de todo este análisis de los estudios que ya han realizado y de la literatura científica existente?
–Una pregunta que nos surge es si incorporar algunos de estos factores menos tradicionales en las campañas de prevención de la obesidad podría tener un mejor resultado que las clásicas campañas orientadas al abordaje de los factores de riesgo más comunes, como el sedentarismo y la ingesta de alimentos no saludables. En particular, hemos visto que la capacidad de postergar la gratificación es una habilidad que puede desarrollarse y fácilmente ser abordada en el ámbito educativo. Entonces, si se introduce en el ámbito de la educación en el nivel inicial y en el primario, posiblemente con mayor eficacia que haciéndolo en el colegio secundario, podríamos darle a nuestras niñas y niños mayores herramientas para enfrentar el ambiente actual y, de alguna manera, contribuir a la prevención de la obesidad. Mientras tanto, como comunidad, seguimos trabajando en la mejora del ambiente y en la reducción de la sobredisponibilidad de alimentos densamente energéticos que son el foco del problema.

21Mariano Pineda Abella
comcientifica@unlpam.edu.ar
Lic. Mariano Pineda Abella
Departamento de Comunicación Científica - Sec. de Cultura y Extensión Universitaria


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