Universidad Nacional de Quilmes - Departamento de Ciencia y Tecnología

24 de Agosto de 2020 | 9 ′ 29 ′′


La vacuna contra el coronavirus se aplicará en Argentina



Frente a la incertidumbre que produce la eclosión de información acerca de la competencia por la generación de una vacuna efectiva contra el coronavirus, nada mejor que conversar con los que saben. Y si hay alguien que sabe de vacunas es Mario Lozano, ex rector de la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ) y virólogo molecular de la casa.

Que las pruebas de Pfizer comenzaron y se requieren voluntarios en el Hospital Militar de CABA; que la vacuna rusa ya está lista y la tendremos primero; que el país fabricará la fórmula de la Universidad de Oxford y AstraZeneca; que la competencia está que arde y nadie sabe muy bien nada con la suficiente certeza. El gobierno ha dispuesto una estrategia pragmática: colocar los huevos en canastas distintas. De esta manera, puede asegurarse que de alguna forma u otra, más temprano que tarde, la solución llegará a la población doméstica. Frente a este panorama de incertidumbre que plantea el escenario pandémico, Mario Lozano dialogó con Argentina Investiga para despejar más de una duda.

–Si tuviera que hacer un diagnóstico de la situación actual de la pandemia en la Argentina, ¿qué diría?
–La situación es compleja y a la vez genera expectativa. La Argentina es uno de los diez países con mayor número de casos diarios y tiene muchísimas muertes. Sin embargo, la tasa de letalidad es más baja respecto de otras naciones que registran un número de infectados similar. Los cuidados que la población en riesgo ha tomado han permitido que la tragedia de fallecimientos –que se advierte en otras partes del mundo– no tenga la misma magnitud. Los países europeos como España o Italia, a los que la pandemia les explotó en la cara dos meses atrás, tenían más o menos la misma curva de casos. En este sentido, la estrategia del gobierno nacional al decretar rápidamente el aislamiento social, preventivo y obligatorio ha sido muy efectiva y detuvo la progresión.

–En el presente, de hecho, el foco parece concentrarse en el mismo objetivo de siempre: que el sistema de salud no colapse.
–Sí, esa constituye la principal preocupación. La ocupación de camas UTI es muy alta en todo el país y aun más en el AMBA. En algunas provincias, como Jujuy, ya se ha saturado la capacidad. Hay que estar atentos, no debemos olvidar que el Sars CoV-2 es un virus nuevo para la humanidad y, en efecto, se requiere que el grado de avance científico y tecnológico adquiera un ritmo acelerado. Todos los equipos de expertos se han tenido que enfocar en un único problema como nunca antes. A nivel local, da mucho orgullo advertir cómo nuestro sistema y nuestras universidades públicas se colocaron a disposición de todo lo que requirió el Estado para resolver este conflicto desde diferentes perspectivas. Desde laboratorios de diagnóstico y el diseño de bioinsumos para los profesionales de salud hasta centros de aislamiento construidos ad hoc en los propios establecimientos universitarios. Un sistema de CyT y de universidades públicas ajustadas durante la administración anterior, que en el presente brinda respuestas a las necesidades del territorio.

–Uno de los ejes más importantes es el de las vacunas. ¿Qué aspectos deben tenerse en cuenta? La OMS registró más de 160 en todo el planeta.
–En principio, no sabemos si las vacunas candidatas producirán inmunidad duradera, es decir, si los anticuerpos generados podrán permanecer por un período prolongado de tiempo y protegernos. Esperamos que sean efectivas, pero todavía no lo sabemos. No ha habido tiempo; de hecho, muchas de las preguntas que nos hacemos hoy serán respondidas en los próximos años. Otro aspecto que debemos recordar es que las vacunas son tecnologías que deben pasar por varias fases: la primera es de desarrollo (preclínica, se generan los componentes y se prueban en animales); luego viene la fase clínica I (se analiza su eficiencia y su seguridad en alrededor de 100 personas sanas y jóvenes sin enfermedades previas), la fase clínica II (se prueban en alrededor de mil personas, se realiza un análisis estadístico) y la III (se amplía la muestra en decenas de miles de personas que deben abarcar edades y condiciones socioeconómicas diversas). Para esta última etapa, las empresas buscan países con alta circulación viral.

–Es por eso que Pfizer y BioNTech escogieron a la Argentina…
–Entre otros motivos. Las pruebas ya se están realizando en el Hospital Militar de CABA. La mitad de los voluntarios recibe la fórmula, mientras que a la mitad restante se le suministra un placebo.

–Como grupo control. Si no hay placebo, no puede comprobarse con claridad qué tan bien les fue a los que sí se vacunaron con la fórmula.
–Exacto. A partir del suministro de las dosis, los especialistas seguirán los pasos de los voluntarios vacunados muy de cerca para analizar su evolución. Luego se compara qué cantidad de individuos de cada uno de los grupos (los que recibieron placebo y los que recibieron la droga) se infectó con coronavirus. Para que sea efectiva, el grupo vacunado con la droga debe tener muchas menos personas enfermas que el otro.

–Además, Argentina producirá la vacuna de Oxford. ¿Qué podría aportar al respecto?
–El país será socio en la producción de la vacuna desarrollada por la Universidad de Oxford y el Laboratorio AstraZeneca. Será partícipe principal en la generación de 250 millones de dosis entre diciembre de este año y junio de 2021. Se elaborará a nivel local y la sustancia activa viajará a México, desde donde será empacada y distribuida a toda América Latina. Que hayan elegido a nuestra nación es motivo de orgullo, porque representa un reconocimiento de nuestra capacidad tecnológica y de nuestros recursos humanos. La formación de nuestros profesionales es excelente.

–¿Alcanzan las 250 millones de dosis para toda la región?
–Es más que suficiente para inocular a toda la población porque en esta cifra no se tiene en cuenta a Brasil. A través del acuerdo, los primeros que recibirán sus dosis serán los individuos que pertenezcan a la población de riesgo (mayores de 60, personas con enfermedades previas y profesionales de salud). En la Argentina, por ejemplo, dichos grupos representan menos de 10 millones y en total somos más de 45.

–¿Y respecto de la vacuna rusa?
–Sobre esa supuesta controversia hay que mencionar dos cosas. Lo primero es que Rusia como Estado tiene mucha capacidad para fabricar su vacuna. Al mismo tiempo sólo conocemos los resultados iniciales de su tecnología, así que resulta muy difícil opinar sobre lo que dijo Putin porque no tenemos herramientas. Rusia no tiene obligación de hacerlos públicos; recién cuando lo haga podremos construir una perspectiva. Muchos medios hacen un escándalo con esta situación, cuando no hicieron el mismo espectáculo con lo que han dicho otros CEOs de las grandes farmacéuticas de Occidente. Las biotecnológicas de EEUU o Reino Unido han comunicado sus avances como si fueran bombas mediáticas porque a ellos les servía. El propósito era seguir obteniendo inversiones, inyecciones de dinero clave para poder continuar con sus desarrollos.

–¿Por qué se establece una competencia? Al final, apuntar que “la ciencia no tiene bandera” no guarda mucha relación con lo que ocurre en la realidad.
–Porque quien llegue al podio primero y tenga la vacuna accederá a un mercado de 7 mil millones y medio de personas. Si uno piensa que las vacunas, en general, requieren de dos dosis hay que pensar en el doble. Es un negocio monumental, por eso las compañías exageran sus capacidades. Los países hacen algo similar, pero más desde un enfoque geopolítico, como es el caso ruso que quiere volver a pelear por un lugar en las grandes ligas. Para poder saber cuándo ilusionarnos y cuándo no con un desarrollo necesitamos contar con información y hasta ahora no la tenemos.

–Frente a tanta incertidumbre, ¿qué es lo que sí sabemos del coronavirus?
–Por ejemplo, que las cuarentenas funcionan. Cuando Europa se vio desbordada de contagios y muertes se establecieron confinamientos sumamente estrictos. Así es como se frenó la propagación, fundamentalmente, la gente se quedó en sus casas por el miedo que generaba salir de sus hogares. Era terrible escuchar a los médicos decir que debían elegir a quién salvar y a quién dejar morir. Pienso que es una de las peores decisiones a las que un profesional se puede enfrentar. Por ello, debemos seguir siendo muy serios y cuando nos piden precauciones hay que cumplirlas al pie de la letra. Nuestros mayores, hemos visto, tienen mucho riesgo de contraer una enfermedad grave que termina en la muerte. Hay que continuar cuidándose. Si nos cuidamos, también protegemos a nuestros seres queridos y al resto de la sociedad.

Leticia Spinelli
prensa@unq.edu.ar
Dirección de Prensa y Comunicación Institucional


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